EL ESTADO NO ES SEGURO

La excusa de la seguridad es uno de los baluartes más empleados para la defensa del Estado como organización política necesaria para que reine la paz entre los individuos de una sociedad. Si bien es cierto que la seguridad total es una quimera imposible de alcanzar en este mundo, dejar a los Estados el monopolio de la defensa no tiene por qué ser la mejor opción para vivir en un mundo más pacífico.

La seguridad es un bien subjetivo, pero debido al poder comunicativo y propagandístico que emana de los Estados modernos pareciera tratarse de un concepto totalmente objetivo, aunque éste siempre estará definido desde la propia organización estatal. Jeffrey Hummel manifiesta que la seguridad es una noción puramente ideológica sostenida en la legitimidad que disfruta el Estado gracias al monopolio del uso de la fuerza y la coacción sobre los individuos.[i] En el caso del Estado español esta concepción de la seguridad y defensa se denomina Directiva de Defensa Nacional[ii], en Estados Unidos es la Estrategia Nacional de Seguridad (National Security Strategy)[iii] y, de esta manera, cada uno de los estados y democracias modernas trata de justificar y materializar este monopolio y “comunismo” en la producción de la seguridad.

Este planteamiento por parte de los Estados contradice el Derecho Natural que establece, por ejemplo, la libre competencia que generará reducción en los precios, y la primacía del interés del consumidor frente al productor, tal y como afirma Gustave de Molinari en su artículo “Sobre la Producción de la Seguridad”.[iv]

Cada uno de los Estados trata de dar forma a la idea de interés nacional a través de una noción que se identificó históricamente con el interés dinástico y tras la Revolución Francesa de 1789 con la raison d´etat.[v]

Admitir que existe un interés general o razón de estado para todos los individuos que componen una sociedad es una premisa que está muy alejada de la realidad, incluso si hablamos de seguridad y defensa, pues las necesidades de un habitante de la “Cañada de la Muerte” de Melilla poco tienen que ver con las de otro que viva en la Calle Serrano de Madrid, aun tratándose del mismo país.

Además, el interés que unos individuos (políticos en última instancia) determinan como nacional no tiene por qué coincidir con el interés de los gobernados; Duroselle asume que el interés nacional no es más que el interés de una determinada clase: “Vemos vivir a nuestro alrededor sociedades humanas infinitamente complejas y diversificadas, divididas no solamente en “clases”, sino también en “grupos de intereses”; y comprobamos continuamente que las aspiraciones de estas clases y de estos grupos son muchas veces contradictorias. (…) Es tal la contradicción entre los intereses de los grupos y de los individuos, dentro de un mismo Estado, que cuesta admitir la idea de un interés nacional objetivo. ¿No son, salvo casos excepcionales, los “intereses superiores del Estado”, invocados con tanta frecuencia, un simple medio de enmascarar intereses infinitamente menos nobles y, en todo caso, particulares?[vi]

La seguridad y la defensa son materias en las que el Estado trata de mantener el monopolio y se muestra extremadamente receloso a su liberalización y privatización y, como todas las áreas intervenidas por la planificación socialista, presenta serios problemas de cálculo: cómo definir el precio, la cantidad o calidad, o el mejor método a aplicar. Los recientes ataques terroristas en Alemania de diciembre de 2016, o el atentado de Niza en julio del pasado año, han puesto de manifiesto la falta de capacidad de adaptación que tiene los sistemas de seguridad europeos ante estas nuevas amenazas a pesar de la gran cantidad de recursos que se destinan a los Ministerios de Interior y Defensa.

Hayek afirmaba en La Fatal Arrogancia que es totalmente imposible que un grupo de planificadores pueda acceder a toda la información dispersa entre los diferentes individuos que componen una sociedad y, teniendo en cuenta que el orden social es espontáneo y evolutivo, este tipo de planificación estatal de la seguridad está incapacitada para resolver de la manera más efectiva posible los problemas que se generan en estas áreas sensibles de la convivencia humana. Además, el orden jerárquico que reina en las instituciones policiales y militares, donde en última instancia la decisión es tomada en base al criterio de un político (contradiciendo en algunas ocasiones a los expertos en la materia) que ejerce tal poder gracias al sistema clientelar que reina en las democracias, añade todavía más problemas a este método de proveer la seguridad y defensa a los ciudadanos.

Tanto la guerra como los fenómenos terroristas están en constante mutación, y el motivo último de este tipo de manifestaciones suele ser un conflicto de intereses con la oligarquía dominante, un grupo de personas organizadas que, en base a la idea de Estado, ejerce su poder sobre el resto de individuos. En el momento histórico actual (en el que el orden internacional se basa en un sistema anárquico) casi han desaparecido los conflictos directos a gran escala entre los Estados, ya que, el mayor riesgo, ahora, se traslada a las áreas donde existe un poder planificador efectivo y contrapoderes que tratan de conquistarlo en función de diversos intereses.

La lucha se traslada al interior de los Estados, de tal manera que llega también a pervertir el área de la justicia, por ser el Estado el proveedor de la misma. Hay millares de ejemplos: la guerra sucia contra ETA en la que el Estado español creó a los GAL, el ataque a los manifestantes en Derry durante el denominado Domingo Sangriento por parte del ejército británico, la guerra contra las drogas llevada a cabo en Colombia o México… no es preciso decir que los principales responsables de estas acciones salieron impunes.

Si bien es imposible elaborar ahora mismo un mecanismo de seguridad y defensa que substituya al Estado, por no haberse dado todavía las condiciones que faciliten el proceso de generación de información pertinente para lograrlo, lo cierto es que admitir la necesidad del control de la organización estatal en estas áreas no las exime de sufrir graves deficiencias debido al gran poder infraestructural que están alcanzando las alabadas democracias occidentales, ya que la mayoría de veces es el propio Estado el que crea los problemas que después tratará de resolver.

Ya lo advirtió hace tiempo Benjamin Franklin: “Aquellos que renunciarían a una libertad esencial para comprar un poco de seguridad momentánea, no merecen ni libertad ni seguridad”.

[i] Víd.:HUMMEL, Jeffrey: “The Will to be Free: The Role of Ideology in National Defense” en: HOPPE, Hans-Herman (ed.): The Myth of National Defense: Essays on the Theory and History of Security Production,Mises Institute, 2003, Alabama, pp.275-298

[ii] Directiva de Defensa Nacional en curso 1/2012 http://www.defensa.gob.es/defensa/politicadefensa/directivadefensa/

[iii] http://nssarchive.us/national-security-strategy-2015/

[iv] DE MOLINARI, Gustav: “Sobre la producción de Seguridad” en: Journal des Économistes, el 15 de febrero de 1849, http://www.liberalismo.org/articulo/261/240/produccion/seguridad/

[v] SONDERMANN, Fred “The Concept of the National Interest” en: SONDERMANN, Fred y OLSON, William (eds):The Theory and Practice of International Relations, Prentice Hall ,New Jersey 1966, p. 86

[vi] DUROSELLE, Jean-Baptiste; RENOUVIN, Pierre: Introducción a la Historia de las Relaciones Internacionales, S.L. Fondo de Cultura Económica Española, Madrid, 2000, p. 357

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Venezuela no es una broma

Desde hace tiempo se han vuelto tremendamente recurrentes las alusiones a Venezuela en los medios de comunicación españoles, pero no se engañen, que no lo hacen para informar de lo que está pasando en un país hermano. Utilizan el caos que se vive en la tierra del  Libertador, Francisco de Miranda, para confeccionar  titulares cómicos cuyo efecto es apaciguar la percepción que la opinión pública tiene sobre las causas del desfalco económico y moral que está destruyendo a la ciudadanía venezolana.

En el estado español pocos son los medios que pretenden dar una cobertura honesta o poner en el foco la cuestión de que la democracia también puede ser peligrosa para el “pueblo”; nuestras principales cabeceras se enzarzan en peleas domésticas con la “excusa caribeña” para ratificar los alegatos de sus apuestas electorales en los próximos comicios.

Las declaraciones de los políticos sobre la situación que vive el país americano han fraguado un discurso ridículo y mal entonado con el que tratan de arrebatar la legitimidad a la fuerza emergente por todos temida, Podemos.  Y estos últimos, con una timidez reencontrada, tratan de escurrir el bulto para no mostrar sus simpatías hacia una Revolución que hace aguas mientras destruye  los últimos vestigios de un país en el que muchos emigrados patrios han logrado hacer fortuna cuando los que pasaban hambre estaban a este lado del Atlántico. Es importante que no nos olvidemos de lo que fue Venezuela.

El gran error de los venezolanos fue la fe en la democracia, el chavismo se impuso por la fuerza del discurso, la propaganda y los votos. Haciendo honor a la verdad hay que reconocerle a los líderes de Podemos su gran aportación para el mantenimiento y la creación de una hegemonía semántica que ha trastocado los valores y las creencias de chavistas y opositores. Ahora  mismo casi todos los actores políticos en libertad se mueven en la abominable línea del mantenimiento de un estado sobredimensionado y la legitimidad de las Misiones.

Y mientras la política sigue su rumbo en el mundo de las ideas y en las luchas de poder, los venezolanos y venezolanas continúan con su penitencia de las largas horas y las interminables colas para poder conseguir algo que adormezca su hambre, un medicamento o leche para un recién nacido.

Imagínese usted que por un momento todas sus aspiraciones desaparecen, y su intelecto se centra por completo en la búsqueda de bienes de primera necesidad, en la supervivencia a las balas perdidas, a los “malandros”, al control  del estado… La amplia gama de sensaciones que un ser humano puede experimentar ser va reduciendo y crece el miedo a la vida,  el temor a una detención que te lleve a la “Tumba” del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional, aparece el tedio debido a  la falta de libertad de expresión, la desesperanza por la pérdida del capital humano que emigra…El proceso político va de la mano de un proceso psicosocial en el que las personas quedan reducidas al automatismo del animal que trata de sobrevivir en la selva. Los valores se destruyen en la Asamblea Nacional, y una gran depresión campa a sus anchas. Mientras la “casta” política vive, la ciudadanía resiste.

Venezuela no es una broma. Más allá de las consignas electorales, y las oportunistas visitas a Caracas para “ayudar” a la democracia venezolana, es indigno que Venezuela solo sea nombrada para alcanzar un rédito electoral sobre el resto de oponentes. La “estatitis”  (si se me permite el palabro) caustica que mortifica a los venezolanos, es una enfermedad que atonta a las masas volubles y permite el crecimiento del estado a costa de la libertad y de la plata,  pero ¡cuidado! ninguna sociedad está libre de dejarse embaucar por las fantasías de un mesías entrañable, rojo, azul, naranja o violeta que termine conduciendo nuestras vidas hacia el desastre.

Un debate indecente

Dos horas y cuatro minutos es un tiempo excesivo para no decir absolutamente nada. La altura política de los candidatos Sánchez y Rajoy ha descendió a la altura del betún, y lo peor de todo es que lo más resaltable de este debate fueron las descalificaciones personales.

El actual presidente no sabe debatir, no ha preparado su intervención (o al menos así se ha percibido)  y ha tratado de escabullirse de  la corrupción que ha reinado en su partido  manteniendo el eslogan de la herencia recibida. Pedro Sánchez se quiso disfrazar de nuevo político tratando de imitar a Iglesias y Rivera y pecó de poca naturalidad con un lenguaje agresivo y con  escasa originalidad. Lo que más me llama la atención, y me parece realmente preocupante, es que el “líder” de la oposición no haya mencionado la orwelliana “Ley de Seguridad Ciudadana”, un despiste lo tiene cualquiera…pero se supone que ese es su trabajo.

Lo importante, las propuestas y sus propias recetas para combatir la crisis fueron un asunto secundario adornado con miles de cifras y consignas vacías sin ningún tipo de explicaciones operativas que las hiciesen creíbles: el empleo, la igualdad, la corrupción….grandes significantes para tratar de contentar a aquellos de los que viven.

A decir verdad hay cosas que siguen igual en esto de los debates electorales, pero por lo menos, antes, la lucha de egos se disfrazaba  mejor y eran más convincentes en su labor de hacer creer que ellos, los políticos, son necesarios para que esto funcione.

Definitivamente  el show manda en la política y ha desahuciado a la argumentación y hasta la propaganda electoral. Estos señores no han sabido comportarse, y a pesar de ello siguen postulándose como representantes de los ciudadanos y ciudadanas, esto sí es verdaderamente indecente, miserable y ruin.  Ahora es el turno de los opinadores profesionales que comenzarán a debatir sobre si gano uno o el otro, perdieron los dos, o es el final del bipartidismo. La misma altura analítica que tuvieron los candidatos para debatir: ninguna.

Lo importante aquí no es quien va a ocupar el sillón del gobierno, lo fundamental es darnos cuenta que no podemos dejar todo en manos de estos señores y me refiero a todos los que concurren en estas elecciones. Ellos quieren el poder, no el bienestar de las personas, mejorar la situación del “pueblo” es un daño colateral; además no pueden saber lo que queremos, somos más de cuarenta y cinco millones de personas y es imposible que sepan qué es lo que no viene mejor a cada uno.

Esto no es un discurso de antipolítica, no quiero decir que todas las personas que están en la órbita de los partidos políticos, me refiero a las bases y simpatizantes, no tengan una verdadera intención de construir una sociedad mejor, pero las masas no mandan ni en los partidos ni en la democracia. Sólo se acude a ellas para que se contenten y crean que realmente pueden influir en la vida política, pero realmente deciden por nosotros, nos quitan nuestro dinero y lo administran (fatal) a su antojo.

Es preciso reflexionar sobre nuestra pasividad con el político, si queremos acabar con la corrupción tenemos que darles menos dinero para gestionar, que la situación mejore no depende de ellos, depende de nosotros. Lo que hay que exigirles es que nos dejen hacer y no nos arruinen con impuestos, ya somos mayores y sabemos perfectamente que es lo que necesitamos.

Si yo fuese iraquí o siria

Es viernes 13 de noviembre, y en Bagdad suenan de nuevo sirenas, es otro atentado. Esta vez las víctimas mortales fueron 18 personas (sí, personas; como usted y como yo) reunidas para celebrar un funeral. Un día antes los medios de comunicación informaban que 40 libaneses eran asesinados tras dos atentados suicidas en Beirut, y entre otras cosas, se puede leer por ahí, que Boko Haram destruyó más de 1000 escuelas en el 2015…

Pero la ola de indignación y repulsa sólo llegó tras la sangre derramada en París. Dicen los medios de masas que al menos 129 personas fueron las víctimas asesinadas.  La furia que los gobiernos occidentales han fraguado durante años de intervenciones en una tierra que no le pertenece, que no comprenden y sobre la cual no tiene ningún derecho de injerencia se ha notado, esta vez, en la capital francesa. Pero también en el Líbano y en Turquía y en Siria se vertió la sangre de los inocentes.

El mundo virtual se volvió tricolor en cuestión de horas, y el #JesuisParis inundó las redes sociales. Otro eslogan para los hipócritas; ¡no es preciso pararse a analizar amigos míos!, la artillería del pensamiento nos hace el trabajo. “Nuestros caídos” recibirán su homenaje y el duelo se mantendrá, con suerte, un par de semanas. Pero… un momento, y los que fueron asesinados en Beirut ¿no son nuestros caídos? Los miles de muertos en la guerra Siria ¿no son nuestros caídos? Los iraquís que han sufrido dos intervenciones y ven  su país despedazado ¿no son nuestros caídos? Con lo “nuestros caídos” me refiero lógicamente a que murieron por culpa de nuestros presidentes y sus políticas.

Obviamente no quiero decir que sintamos lo mismo por un europeo muerto bajo el terrorismo  que por un sirio o una libanesa, un yemení o una libia, ¡faltaría más! Por mucho que los fariseos traten de disfrazarse de buenos samaritanos ya no resulta creíble, y el #JesusisParis no es más que fariseísmo edulcorado para una sociedad adoctrinada e infantilizada. Maduremos y tengamos dignidad asumiendo las consecuencias de nuestro deshonroso dejar hacer al político de turno. Nos dejamos engañar por los creadores de opinión y somos integristas de una democracia demencial: un sistema que por el momento sigue creando opresores, oprimidos y orgullosísimos hombres de estado que mandan a sus propios soldados a morir en una guerra que no es la nuestra. Los soldados deben estar en casa, para defendernos si fuese preciso, no atacando.

Así somos, en esto no hemos convertido. Las democracias europeas envueltas en su propia decadencia han fracaso al no ser capaces de asegurar que los ciudadanos respeten la vida de sus semejantes; pues como todos ustedes saben, muchos de los terroristas que ingresan en las filas del Estado Islámico tienen pasaportes de Occidente.

La inteligencia y la templanza han huido del viejo continente y la respuesta de Francia fue, con toda seguridad, alabada por los terroristas. Los bombardeos sobre Raqqa generarán más rabia,  más caos y serán un buen reclamo para la propaganda del EI. De verdad no hemos vuelto tan estúpidos que no somos capaces de comprender que es precisamente este intervencionismo el que ha creado al EI; o es que la propaganda de nuestros gobiernos y sus consignas nos impiden ver que el viernes 13, los daños colaterales de  las políticas occidentales en Oriente Medio fueron los 129 seres humanos asesinados en París.

El show está en marcha, y muchas voces surgirán pidiendo leyes “antiterroristas” que puedan ser homologables con la Patriot Act de Estados Unidos. Sí, señoras y señores, como anunciaba en la portada de Le Parisien: C´est la guerre, una nueva embestida de los gobiernos contra los ciudadanos que los financian, más bombas, más terror, menos humanidad, menos coherencia y menos libertad para el mundo. Y cada cierto tiempo seguiremos llorando nuestros propios daños colaterales.

 

Si yo fuese iraquí o Siria, ardería de indignación al ver como el mundo se deshace en sollozos y se enarbola la bandera del victimismo de eso que llaman “la Yihad”. Pensaría que lo de París es una muestra más de la barbarie cotidiana en la que vivo, pero con una diferencia, a mis amigos y familiares muertos no los llora el mundo, no se iluminan las ciudades con los colores de la bandera del país donde me toca sobrevivir, no se organizan actos de estado y no hay un coro de plañideras mediáticas preparadas para descomponerse en llantos cuando un terrorista decide suicidarse y arrebatarle la vida al mayor número de personas posible.

Si yo fuese iraquí o siria lamentaría a los muertos de París y me uniría al coro que pide el #PrayforParis pero  después lloraría sola al asomarme a la ventana y ver a la vieja Bagdad, o la inmemorial Damasco envuelta en la muerte, la desesperanza y el olvido.

Señores y señoras  lo de Francia fue un ataque terrorista; lo de Irak, lo Siria o lo de Libia ES LA GUERRA.

Rusia aplica la fórmula euroasiática en su política exterior y fortalece su alianza con Bachar Al-Assad

La intervención de Rusia en la guerra siria constata la seguridad del Kremlin en su programa de política exterior euroasiática. El eurasianismo es una teoría política propiamente rusa que se enmarca dentro de apuesta por la multipolaridad1 en la relaciones internaciones. La Federación Rusa, según los postulados eurasiáticos, se presenta como un polo de poder que puede llegar a consolidar la estabilización de Eurasia.
Se trata de un movimiento totalmente coherente dentro del discurso y la visión que Rusia tiene de su papel en el escenario internacional. La vía euroasiática se presenta desde Moscú como una apuesta por las relaciones internacionales basadas y encuadradas en las normas del derecho internacional y de los tratados; la intervención en Siria está destinada, según el gobierno ruso, a asegurar la estabilidad de la zona y lógicamente proteger sus propios intereses.

El gobierno de Vladimir Putin ha sabido aprovechar un momento clave para intentar reorientar la deriva de la actual política occidental en Oriente Medio. Mientras los representantes europeos debaten en reuniones fallidas sobre cuantos refugiados puede acoger cada uno de los estados miembros, y muestran a las audiencias europeas su incapacidad para gestionar todo aquello que no esté puramente planificado de antemano. Desde Rusia se apuesta por ir a la raíz del problema y acabar con la guerra mediante la alianza con el presidente Bachar Al Assad. La postura rusa se encuadra en la táctica intervencionista que fuera iniciada por Estados Unidos en su lucha contra el denominado terrorismo internacional, y se sustenta legalmente en sus tratados de seguridad con el estado sirio.

Atacan la embajada de Rusia en Siria por su apoyo a Al-Assad foto: EFE STR (LaNacion.com.ar)
A pesar de la contienda mediática en los países occidentales, las posibles nuevas sanciones a las que puede verse sometida su contraída economía y los diversos recursos de coacción del derecho internacional que pueden ser usados en su contra, el gobierno de Moscú ha asumido un papel proactivo en la región.

La estrategia rusa difiere sustancialmente da las últimas intervenciones occidentales en los conflictos surgidos a la raíz de las mal denominadas “Primaveras Árabes”, dónde el apoyo internacional a los “rebeldes” ha ocasionado serios problemas regionales, como en el caso libio y la expansión de la inseguridad a Malí tras los bombardeos franceses contra Gadafi .

Putin sigue una lógica clara en las dos dimensiones que implica la intervención de su ejército en el conflicto sirio. Por un lado, entiende que es preciso una alianza con las fuerzas que se integran dentro de la facción del presidente Al Assad para apuntalar la seguridad en el país y frenar el avance de los grupos terrorista Daesh y Al-Qaeda. Según el presidente ruso, esta es una premisa necesaria para estabilizar Siria y empezar un proceso de transformación política interna que ha sido revindicado claramente por los ciudadanos.

Por otra parte, el tablero internacional se balancearía hacia un nuevo reparto del poder en una región dominada por la correlación de fuerzas entre Arabia Saudí, Irán e Israel y sus aliados occidentales.
La participación del partido Baaz y de su presidente en una posible mesa de negociaciones para la resolución del conflicto es una garantía que podría asegurar la vocación laica y multiconfesional de Siria; dado que el propio Bachar Al Assad es miembro de una minoría religiosa (alawita) y Siria un país donde históricamente han convivido varias religiones y diferentes ramas del Islam. Si este marco llega a concretarse sería complejo que alguna facción wahhabita llegase al poder por la vía oficial y se estableciese en Damasco un poder colaboracionista con Ryad. Además, la Federación Rusa podría asegurar su preciada presencia en el Mediterráneo gracias a la base marítima que tiene en la ciudad siria de Tartus.

Base de Tartus Con una Siria estable, Irán, su aliado tradicional, se vería en una situación más ventajosa en la denominada Guerra Fría que sostiene con Arabia Saudí. El gobierno iraní, presidido por Hassan Rouhani, podría concentrase en sus asuntos internos (sin dejar de prestar atención a sus fronteras con Irak, Afganistán y Pakistán) y tratar de buscar solución a la crisis económica que sufre el país, dentro de un nuevo marco de distensión con Estados Unidos, establecido gracias al avance de las negociaciones de su programa nuclear. De esta manera, Teherán iniciaría un afianzamiento de su estatus regional, encaminado hacia su fortalecimiento como polo de poder proyectado hacia la concreción de un marco multipolar también defendido por China y la propia Rusia, que frene la política neoconservadora estadounidense en la región capitaneada por su aliado saudí.

La estrategia de Moscú busca alejar la influencia del atlantismo anglosajón en una región crucial para su seguridad y frenar el proceso de contención que la OTAN ha establecido de manera decisiva tras el golpe de estado en Ucrania y la posterior guerra de secesión que se mantiene en el este del país.
Es evidente que la intervención rusa va a generar una respuesta occidental, la probable reelección de Erdogán en Turquía afianza las posiciones de Estados Unidos y la UE en la región, pero el equilibrio de poder ya no es el mismo, y es complejo que la opinión pública occidental acepte de nuevo un apoyo oficial a los oponentes del régimen sirio entre los que se encuentran grupos terroristas.

Aunque los nostálgicos de la Guerra Fría puedan comparar el escenario sirio con la guerra de Corea, la diferencia es bastante importante; la economía estadounidense no muestra atisbos de transformar su política de expansión artificial del crédito y parece que seguir imprimiendo moneda y endeudarse es su única y apuesta, mientras Rusia podría romper esta tendencia volviendo al patrón oro y blindarse frente a la injerencia del dólar en su economía. El simple indicio de que algo así podría suceder es uno de los principales frenos para los planes occidentales de repliegue de la influencia regional de Rusia.
A la hora de analizar esta etapa de la política exterior rusa es preciso tener en cuenta todas las implicaciones, no solo las meramente formales. Más allá de la propia intervención, el Kremlin pretende mandar un mensaje a Occidente: Rusia sólo ha necesitado dos décadas para fortalecerse y su renovación le permite una mayor capacidad de maniobra, con lo que cualquier estrategia antirrusa basada en los preceptos que guiaron la Guerra Fría no va a ser correcta. Occidente no ha entendido que la actual Federación de Rusia no tiene más ideología en sus relaciones internacionales que sus propios intereses nacionales, no parte de una base desde la que intentar cambiar al mundo, si no que pretenden establecerse en el panorama internacional mediante el respeto a las normas del Derecho Internacional; al menos esa es su consigna.
Rusia ha aprendido de su propia historia la importancia de transmitir el mensaje adecuado en el momento clave; las consecuencias de su discurso y su coherencia pueden acelerar el proceso de transformación de un panorama internacional que se inclina hacia la multipolaridad que ellos defienden.


1La idea de multipolaridad que propugna la política exterior rusa no se corresponde con el concepto clásico de la teoría realista, que define este concepto como una “constelación de centros de poder autosuficientes que poseen amplios recursos materiales y que o bien se equilibran o se enfrentan entre ellos”; desde el Kremlin se interpreta esta noción como la superación de la idea de anarquía reinante en la comunidad internacional a partir de unas “relaciones institucionalizadas e inclusivas”, siendo el modelo multipolar el mecanismo mediante el cual hacer frente al proceso de globalización occidental. Vïd: MAKARYCHEY, Andrey: “Rusia en un mundo multipolar: El papel de las identidades y los mapas cognitivos” en: Revista CIDOB d´Afers Internacionals, nº 96, 2011, pp.25-43

Hybris Imperial: la derrota del intervencionismo occidental en el espacio postsoviético

Si la “historia del mundo desde el fin de la guerra mundial hasta fines de la década de los ochenta fue en buena medida, aunque no exclusivamente, la historia de las respuestas del sistema internacional a la revolución soviética”[1] ¿Cuál puede ser ahora el motivo de Occidente para desafiar a Rusia en la proximidad de sus fronteras?

Russian President Vladimir Putin enters ...Russian President Vla

Washington y Bruselas aúnan sus directrices políticas para lograr un repliegue de la influencia de Moscú en su “vecindad próxima” y evitar su fortalecimiento dentro del panorama internacional. La superación del modelo unipolar estadounidense que tanto Rusia como China están patrocinando, puede ser la causa que motive la hostilidad hacia el gobierno que preside Vladimir Putin.

Desde el Kremlin se entiende que un modelo multipolar es el mejor mecanismo para frenar el proceso de globalización occidental[2], y para conseguir una posición preeminente dentro de su área de influencia, su extranjero cercano: el espacio ex-soviético. Entendida en toda su amplitud, esta apuesta de transformación del orden internacional pasa necesariamente por el desplazamiento del dólar como divisa de referencia mundial.

Independientemente de la fuerte determinación de Moscú a la hora de continuar con su programa, hay una serie de condicionantes geoestratégicos necesarios para que este se materialice: Rusia necesita a Ucrania en su órbita para asegurar su supervivencia como potencia. Sin Ucrania, el Kremlin no podría proyectar su poder de manera efectiva en sus fronteras occidentales, y Minsk, otro pilar geopolítico fundamental podría escaparse de su influencia. Además, Ucrania es el punto de conexión de la infraestructura rusa en entre el Oeste y el Este en lo que respecta a ductos, carreteras y vías férreas[3]. En definitiva si Rusia no cuenta con parte de Ucrania no se podrá alcanzar el modelo multipolar.

Un plan arriesgado

El apoyo inmediato y contundente de Estados Unidos y la Unión Europea a los atrincherados en la Plaza de la Independencia de Kiev fue decisivo para acabar con la presidencia de  Víktor Yanukóvich, el anterior presidente ucraniano,  y frenar las aspiraciones de Rusia mediante las sanciones económicas. Como era de esperar, la reacción a la injerencia occidental se dejó sentir en el este del país y  comenzó una guerra de secesión cuando los rusos étnicos no reconocieron al nuevo gobierno de la Rada Suprema.

Tras una intervención estatal todos los sectores relacionados reaccionan. La reintegración de Crimea en la Federación Rusa, a la que siguieron iguales acuerdos con las regiones separatistas de Georgia, Osetia del Sur y Abjazia, fue la segunda consecuencia de esta intervención. Estos acuerdos ponen de relieve una transformación en la perspectiva que Rusia tenía acerca del derecho de autodeterminación: del rechazo frontal mostrado ante esta fórmula en Kósovo e incluso frente a aquellos territorios que pedían una reintegración en la Federación Rusa, como la República del Tradniestr, la propia Osetia del Sur y Sebastopol, las dinámicas intervencionistas occidentales han propiciado un cambio histórico en la visión que el Kremlin tiene sobre esta norma del Derecho Internacional.

La nueva interpretación del derecho de autodeterminación tiene una importancia transcendental en el caso de Rusia. El mayor país del mundo alberga a más de 176 grupos étnicos, y lógicamente existen numerosas tendencias centrífugas en el interior de la Federación, Chechenia es el caso más conocido, pero algunas regiones rusas como el Tartastán, Udmurtia, Yakutia, Komi, Karelia, Bahskiria o Osetia del Norte también llegaron a declarar su soberanía pocos meses después de la desintegración de la URSS.

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El camino emprendido por Putin cuando firmó el acuerdo con Crimea tiene una doble implicación: el presidente ruso deberá lidiar con los movimientos de autodeterminación internos, pero también puede ser una buena estrategia a la hora de retener parte de su influencia en el extranjero cercano y así truncar el intervencionismo occidental que ya ha fracasado parcialmente en Ucrania.

Más de 20 millones de rusos  viven en países de la órbita ex-soviética. A parte de la gran comunidad de rusos en Ucrania, Kazajstán, un punto geopolíticamente importante por su posición y grandes recursos, alberga a la segunda colectividad de rusos en un país extranjero. Las actuales relaciones entre Astaná y Moscú atraviesan una crisis importante tras el rechazo frontal del gobierno kazajo a la iniciativa rusa de crear una moneda única para la Unión Económica Euroasiática, es una de las primeras veces que Kazajstán  no secunda los planes de Rusia.

Si los aliados occidentales deciden continuar con la política intervencionista, la situación en este de Ucrania puede reproducirse en otros puntos de la frontera rusa en Asia Central y  desestabilizar esta región. A pesar de tales riesgos, Washington parece continuar con su ofensiva enviando emisarios a Armenia, Kirguistán y Uzbekistán para comprobar la fidelidad de sus líderes a Moscú y calibrar si estos territorios necesitan también sus “Revoluciones de Colores”. La apuesta estadounidense sube de nivel al implicar directamente a China, el país de los kirguises (donde Estados Unidos y Rusia tienen bases militares) hace frontera con la región musulmana de China, habitada por la etnia uigur con abiertas tendencias separatistas

La compleja herencia soviética

La planificación total era la fortaleza y el talón de Aquiles de la URSS. Más allá de los asuntos económicos, una de las primeras preocupaciones de Lenin fue la cuestión de las nacionalidades, un asunto de capital importancia teniendo en cuenta la diversidad étnica que integraba el Imperio Zarista. A pesar de todos los esfuerzos del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), su política de planificación de las nacionalidades fue aún más desastrosa que sus planes quinquenales.

La nomenklatura trató de crear una nueva idiosincrasia: la soviética. En su afán igualitarista quiso contrarrestar las tendencias secesionistas mediante las deportaciones (sobre todo en la época estalinista) y los cambios de fronteras internas. En 94 ocasiones[4] trasformaron la división interior de la Federación Soviética, aunque la mayoría de los cambios solo se reflejaron sobre el papel.  Cuando los líderes soviéticos firmaron el Acuerdo de Helsinki en 1975, mediante el cual se obligaba a los estados parte a respetar la integridad territorial y las fronteras, no imaginaban que pocos años después la URSS ya no existiría.

Como consecuencia de este Tratado, las divisiones del papel se transformaron en fronteras reales y más de 25 millones de rusos quedaron fuera del territorio ruso prácticamente de la noche a la mañana, conformando la mayor minoría étnica de Europa. El trato que estas minorías recibieron en sus nuevos estados no fue siempre el adecuado, Letonia y Estonia con sus leyes de ciudadanía son dos ejemplos de ello. Ante esta situación la  Constitución de la Federación Rusa prevé,  en el artículo 61.2,  que Rusia debe garantizar la defensa y el patrocinio de sus ciudadanos fuera de su territorio.

El “internacionalismo democrático” y la planificación de la política exterior

Si la antigua URSS apelaba al “internacionalismo proletario” para auxiliar a los Partidos Comunistas de otros países e intervenir indirectamente en sus asuntos internos, los gobiernos occidentales recurren a la democracia para posicionar a sus peones en el tablero geopolítico.

Ucrania  y  Libia son dos casos paradigmáticos de esta nueva modalidad de intervencionismo en nombre de la democracia. Ya no es preciso desplegar unidades militares para cambiar a un gobierno que no ceda ante las exigencias occidentales; las actividades de determinadas ONGs o Think Tanks (NED, USAID entre otras), la polarización social, la guerra propagandística y la diplomacia de las sanciones económicas pueden jugar un papel igual de decisivo que los ejércitos y los drones.

Sería interesante saber cuál puede ser el beneficio de estas acciones para los ciudadanos de los Estados Unidos y la Unión Europa, pues parece que las cuestiones de “seguridad global” y el “interés estatal” sólo son escusas tras las que se esconden jugosos beneficios para el lobbistas del estado. El intervencionismo estatal que genera cambios arbitrarios de gobiernos, conflictos armados y millares de muertos, está financiado por las sociedades “libres” y democráticas a través de los impuestos estatales.

La política exterior es un monopolio más del estado, en este caso, sobre la proyección externa de los pueblos del mundo. Desde la administración estatal se determinan una serie objetivos asociados con los “intereses superiores de la nación”, eufemismo con el que se trata “de enmascarar intereses infinitamente menos nobles, y en todo caso particulares[5]. Una vez que la meta está fijada llega el turno de planificar y ejecutar las acciones concretas.

Los problemas que se producen en la economía tras una intervención política se reflejan también en este ámbito de la acción humana. Los encargados de elaborar la política exterior están igual de incapacitados que sus homólogos economistas, para prever los efectos que cierta intrusión puede desencadenar en la totalidad de los sectores relacionados. Tampoco pueden controlar la variable temporal, es decir, las consecuencias futuras de una injerencia. Los desequilibrios que provocan las políticas intervencionistas en la economía: inflación, descontrol de precios y crisis económicas, se traducen en inestabilidades regionales, acciones terroristas y conflictos armados cuando se aplica la lógica austríaca a las relaciones internacionales actuales.

Aunque muchas de estas consecuencias sean deliberadamente buscadas, otras pueden ser contraproducentes para el estado que realiza la injerencia, y sobre todo para la población, que es la que siempre termina pagando los desmanes de los gobiernos.

El denominado blowback no es más que una repuesta inesperada a cierta intervención; el ejemplo más claro de este fenómeno fue el atentado contra las Torres Gemelas. Cuando el gobierno de Estados Unidos financió y apoyó  a los combatientes muyahidines para frenar la invasión soviética en Afganistán, era incapaz de pronosticar que este grupo sería el origen de Al Qaeda, la organización terrorista que derribó los dos edificios más emblemáticos del World Trade Center. Está claro que Occidente no aprende de su Historia más reciente, tratar de desestabilizar a Rusia y su zona de influencia conlleva el peligro de crear un problema real de seguridad global.

Puede que sea la experiencia de la Guerra Fría la responsable de  la visión triunfalista y la  fatal arrogancia con la que Occidente ataca a Moscú, pero los políticos occidentales no deben olvidar que Rusia no perdió la Guerra Fría, fue el Partido Comunista de la Unión Soviética el que sufrió la derrota.

[1] Halliday, Fred: Las relaciones internacionales en un mundo en transformación, Los libros de la Cátara, Madrid, 2002, p. 170.

[2] Makarichey, Andrey: “Rusia en un mundo multipolar: El papel de las indentidades y los mapas cognitivos” en: Revista CIDOB d´Afers Internacionals, nº96, 2011, pp.25-43.

Disponible en: http://www.cidob.org/es/content/download/30225/359332/file/25-44_ANDREY+MAKARYCHEY.pdf

[4] Ruíz González, Franciso J.: “Conflictos en el espacio postsoviético: situación actual y posible evolución” en: Boletín de Información nº319, CESEDEN, 2011, p.8.

[5] Duroselle, Jean-Baptiste; Renouvin, Pierre: Introducción a la Historia de las Relaciones Internacionales, S.L. Fondo de Cultura Económica Española, Madrid, 2000, p.357.

Artículo original en  Mises Hispano (miseshispano.org)

LA POLÍTICA EXTERIOR DE LA URSS, UNA APROXIMACIÓN TEÓRICA

Contrariamente a lo que Lenin pensaba, la Unión Soviética pudo mantener el comunismo sin que la revolución mundial se alcanzase. La internacionalista teoría Lenin se evaporó y  la actuación soviética se concretó a  nivel microinternacional, es decir, con su política exterior. La deriva de los acontecimientos, sin embargo, la harían protagonista de los sucesos macrointernacionales que estuvieron a punto de acabar con la humanidad

Analizar la materialización de la proyección internacional de la URSS requiere necesariamente una aproximación a la concepción de política exterior, que no es obvia y exige un cierto grado de precisión.Es un error muy común identificar la política exterior de un Estado con la política exterior que desarrolla su gobierno[1] o presentarla dentro de un marco teórico desvinculado de la política interna. Calduch, define la política exterior “como aquella parte de la política general formada por el conjunto de decisiones y actuaciones mediante las cuales se definen los objetivos y se utilizan los medios de un Estado para generar, modificar o suspender sus relaciones con otros actores de la sociedad internacional”[2]

De esta definición se desprende que la política exterior incluye a todos los órganos estatales y sociales que tienen un protagonismo significativo en las relaciones que vinculan al Estado con otros actores estatales,  pero solo los estados pueden desarrollarla a través de sus gobiernos, debido a su capacidad jurídica, admitida por la sociedad intencional, y su capacidad política autónoma.

La definición de los objetivos de la política exterior se resuelve mediante un proceso decisorio[3], el procedimiento de toma de decisiones cuenta con cuatro fases: la informativa, la fase de evaluación (determinación de objetivos y medios), la fase de identificación o búsqueda de alternativas y la fase de selección de una opción. En la aplicación práctica se da un solapamiento de estas etapas.

Lógicamente en cada una de estas fases participarán diversos organismos de la realidad nacional, como los servicios de inteligencia, en el caso ruso el famoso KGB (Comité para la Seguridad del Estado / Комит́ет госуд́арственной безоп́асности ) los medios de comunicación, las ONGs… etc.

El interés nacional

La determinación de los objetivos de la política exterior se asocia con el interés nacional del estado, este concepto se identificó históricamente con el interés dinástico y tras la revolución de 1789 con la raison d´etat[4].

Admitir que existe un objetivo general para todos los individuos que componen una sociedad  es una premisa que está muy alejada del a realidad; además el interés que unos individuos determinan como nacional  no tiene por qué coincidir, y de hecho no suele hacerlo, con el interés de los gobernados.

Duroselle manifiesta que el interés nacional no es más que el interés de una determinada clase: “Vemos vivir a nuestro alrededor sociedades humanas infinitamente complejas y diversificadas, divididas no solamente en “clases”, sino también en “grupos de intereses”; y comprobamos continuamente que las aspiraciones de estas clases y de estos grupos son muchas veces contradictorias.(…) Es tal la contradicción entre los intereses de los grupos y de los individuos, dentro de un mismo Estado, que cuesta admitir la idea de un interés nacional objetivo. No son, salvo casos excepcionales, ¿los “intereses superiores del Estado”, invocados con tanta frecuencia, un simple medio de enmascarar intereses infinitamente menos nobles y, en todo caso, particulares?[5]

Un ejemplo de este interés grupal frente al interés de los individuos de la sociedad, se puede observar en numerosas decisiones de la nomenklatura soviética con respecto a la Cuba de Castro:

Mikoyan y Fidel Castro

Mikoyan y Fidel Castro

Las negociaciones de la retirada de los misiles de la isla caribeña se hicieron sin contar con la presencia de Fidel, convirtiendo a Cuba en un aliado complicado para la URSS. Mikoyan, un alto diplomático del PCUS aliado de Jrushchov, había acordado la compra de cinco millones de toneladas de azúcar cubano en 1960 al año, la cual se prolongaría durante el quinquenio siguiente, además de un crédito de 100 millones de dólares en concepto de ayuda. Pero en 1963 Fidel abandonó su plan de autarquía económica e hizo de la agricultura la base del desarrollo económico durante el resto de la década, concediendo al azúcar la mayor prioridad.

La nomemklatura, entonces, se vio obligada a sostener la economía de Cuba, importando mayores cantidades de azúcar;  el azúcar cubano tenía un precio superior al del mercado internacional. Se estima que hacia 1973 la Unión Soviética destinaba al gobierno de Fidel Castro 1.500.000 dólares diarios; la devolución de la deuda no se llegaría a concretar hasta  el siglo XXI[6]

Es poco probable que a un moscovita de la época le interesase la procedencia del azúcar, o  mantener, a ese precio, la alianza con Cuba. Quizás ni siquiera le interesase prolongar la Guerra Fría con EEUU, ni amparar al sistema burocrático que se sostenía con su trabajo y su dinero.

En cambio para los líderes soviéticos era de vital importancia geopolítica la alianza cubana para mantener presión sobre el gobierno de EEUU y legitimarse como líderes del bloque comunista. El problema de esta disparidad de intereses era que quien mantenía el sistema, el pueblo de Rusia, no tenía la capacidad para decidir qué era lo que se debía hacer con su esfuerzo productivo. Evidentemente esta situación se puede extrapolar a los estados democráticos occidentales.

Anatomía de la proyección exterior soviética

La política exterior la desarrollan personas concretas, el gobierno de cualquier estado está compuesto por individuos particulares que lógicamente buscan sus propios intereses, siendo el principal de ellos la permanencia en el poder y el control de la nación: esto no sólo pasaba en la URSS.

Los elementos “psicológicos (expectativas, ideología, sentimientos; etc,) de los agentes decisores ejercen una influencia en la percepción de la realidad internacional y en la adopción de la decisiones de política exterior. Esta es la base del modelo imagen-situación”[7].

La ideología y el régimen nacional que nace de ella son una influencia incuestionable en el comportamiento exterior de los actores estatales y sobre todo en la fase de ejecución de la política exterior. Kissinger ha establecido tres modelos básicos de ejecución en función de la organización político administrativa: el modelo ideológico representado por la URSS y la República Popular de China, el modelo revolucionario carismático materializado en los estados nacidos del proceso de descolonización  y el modelo burocrático pragmático de EEUU[8]

El modelo ideológico que, según Kissinger, seguía la URSS -en su administración- tiene vital importancia en su proyección exterior. Como ya había dispuesto Lenin: “para mayor seguridad de la  dirección del trabajo  colectivo, era precisa la subordinación de la voluntad de miles de hombres a la de uno solo” mediante este modelo todas las decisiones en política exterior serían tomados por un solo hombre, el Secretario General del Partido.

Stalin, el que fuera designado por Lenin, Comisario de las nacionalidades, optó por un modelo autonomista (como el que siguió la federación zarista[9]). Koba[10] consideraba que la concesión de autonomías era un trámite administrativo para conseguir el unitarismo socialista,[11] fundamentado en el papel mesiánico de Rusia.  El georgiano entendía que la incorporación de otras repúblicas al bloque comunista  era un símbolo de progreso. Las repúblicas, como por ejemplo las del Cáucaso, a las que Lenin había prometido la autodeterminación antes de la Revolución de Octubre, quedarían integradas de facto en la Federación Soviética.

En resumen, la política exterior debido a la configuración del estado soviético quedaría en manos del Secretario General del partido, donde se impondrá el modelo imagen-situación.  La actuación de la URSS fuera de sus fronteras fue elaborada, a través del modelo ideológico, por un minúsculo grupo de dirigentes que en última instancia acatarían las decisiones finales del líder. Esta situación se dio sobre todo con Stalin y Jushchov que acapararon el poder casi absoluto.

El vínculo fundamental entre la política interior y la exterior queda determinado por la función de adaptar el estado a su contexto externo y  acomodar las condiciones exógenas que inciden en el interior del sistema estatal.

REFERENCIAS

[1]CALDUCH, Rafael: “La política exterior de los estados,” en CALDUCH, Rafael: Dinámica de la Sociedad Internacional, cap. I, Editorial Ceura, Madrid,1993, p.1

[2]Ibíd. p. 3

[3] Renouvin y Duroselle afirman que: “Entre las múltiples actividades del político responsable, la más alta, la que justifica sus funciones, la que colma sus ambiciones, es la decisiónVíd: DUROSELLE, Jean-Baptiste; RENOUVIN, Pierre: op.cit. p. 465

[4] SONDERMANN, Fred “The Concept of the National Interest” en: SONDERMANN, Fred y OLSON, William (eds):The Theory and Pactice of International Relations, Prentice Hall ,New Jersey 1966, p.86

[5] DUROSELLE, Jean-Baptiste; RENOUVIN, Pierre: op.cit. p. 357

[6] EDMONDS, Robin: Política exterior soviética (1962-1973), Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1977, p. 107.

[7] Víd: CALDUCH, Rafael: “La política exterior de los estados…”, op.cit. p. 7

[8] Víd:KISSINGER, Henry: La política exterior americana,  Plaza y Janés, Barcelona 1976, pp. 30-46.

[9] LEWIN, Moshe: El siglo soviético, Crítica S.A., Barcelona, 2006, p. 34

[10] Koba fue uno de los apodos que utilizó Stalin cuando desempeñaba su labor de revolucionario clandestino en el preludio de la Revolución de Octubre. Koba el temible es uno de los libros más clarificadores acerca del terror y el hambre que se desataron en Rusia con Lenin y que prosiguió de manera exagerada bajo el gobierno del terrible georgiano. Víd: AMIS, Martin: Koba el temible, la risa y los veinte millones, Anagrama, Barcelona, 2006

[11] LEWIN, Moshe:op.cit. p.34