Opinión

Un debate indecente

Dos horas y cuatro minutos es un tiempo excesivo para no decir absolutamente nada. La altura política de los candidatos Sánchez y Rajoy ha descendió a la altura del betún, y lo peor de todo es que lo más resaltable de este debate fueron las descalificaciones personales.

El actual presidente no sabe debatir, no ha preparado su intervención (o al menos así se ha percibido)  y ha tratado de escabullirse de  la corrupción que ha reinado en su partido  manteniendo el eslogan de la herencia recibida. Pedro Sánchez se quiso disfrazar de nuevo político tratando de imitar a Iglesias y Rivera y pecó de poca naturalidad con un lenguaje agresivo y con  escasa originalidad. Lo que más me llama la atención, y me parece realmente preocupante, es que el “líder” de la oposición no haya mencionado la orwelliana “Ley de Seguridad Ciudadana”, un despiste lo tiene cualquiera…pero se supone que ese es su trabajo.

Lo importante, las propuestas y sus propias recetas para combatir la crisis fueron un asunto secundario adornado con miles de cifras y consignas vacías sin ningún tipo de explicaciones operativas que las hiciesen creíbles: el empleo, la igualdad, la corrupción….grandes significantes para tratar de contentar a aquellos de los que viven.

A decir verdad hay cosas que siguen igual en esto de los debates electorales, pero por lo menos, antes, la lucha de egos se disfrazaba  mejor y eran más convincentes en su labor de hacer creer que ellos, los políticos, son necesarios para que esto funcione.

Definitivamente  el show manda en la política y ha desahuciado a la argumentación y hasta la propaganda electoral. Estos señores no han sabido comportarse, y a pesar de ello siguen postulándose como representantes de los ciudadanos y ciudadanas, esto sí es verdaderamente indecente, miserable y ruin.  Ahora es el turno de los opinadores profesionales que comenzarán a debatir sobre si gano uno o el otro, perdieron los dos, o es el final del bipartidismo. La misma altura analítica que tuvieron los candidatos para debatir: ninguna.

Lo importante aquí no es quien va a ocupar el sillón del gobierno, lo fundamental es darnos cuenta que no podemos dejar todo en manos de estos señores y me refiero a todos los que concurren en estas elecciones. Ellos quieren el poder, no el bienestar de las personas, mejorar la situación del “pueblo” es un daño colateral; además no pueden saber lo que queremos, somos más de cuarenta y cinco millones de personas y es imposible que sepan qué es lo que no viene mejor a cada uno.

Esto no es un discurso de antipolítica, no quiero decir que todas las personas que están en la órbita de los partidos políticos, me refiero a las bases y simpatizantes, no tengan una verdadera intención de construir una sociedad mejor, pero las masas no mandan ni en los partidos ni en la democracia. Sólo se acude a ellas para que se contenten y crean que realmente pueden influir en la vida política, pero realmente deciden por nosotros, nos quitan nuestro dinero y lo administran (fatal) a su antojo.

Es preciso reflexionar sobre nuestra pasividad con el político, si queremos acabar con la corrupción tenemos que darles menos dinero para gestionar, que la situación mejore no depende de ellos, depende de nosotros. Lo que hay que exigirles es que nos dejen hacer y no nos arruinen con impuestos, ya somos mayores y sabemos perfectamente que es lo que necesitamos.

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Si yo fuese iraquí o siria

Es viernes 13 de noviembre, y en Bagdad suenan de nuevo sirenas, es otro atentado. Esta vez las víctimas mortales fueron 18 personas (sí, personas; como usted y como yo) reunidas para celebrar un funeral. Un día antes los medios de comunicación informaban que 40 libaneses eran asesinados tras dos atentados suicidas en Beirut, y entre otras cosas, se puede leer por ahí, que Boko Haram destruyó más de 1000 escuelas en el 2015…

Pero la ola de indignación y repulsa sólo llegó tras la sangre derramada en París. Dicen los medios de masas que al menos 129 personas fueron las víctimas asesinadas.  La furia que los gobiernos occidentales han fraguado durante años de intervenciones en una tierra que no le pertenece, que no comprenden y sobre la cual no tiene ningún derecho de injerencia se ha notado, esta vez, en la capital francesa. Pero también en el Líbano y en Turquía y en Siria se vertió la sangre de los inocentes.

El mundo virtual se volvió tricolor en cuestión de horas, y el #JesuisParis inundó las redes sociales. Otro eslogan para los hipócritas; ¡no es preciso pararse a analizar amigos míos!, la artillería del pensamiento nos hace el trabajo. “Nuestros caídos” recibirán su homenaje y el duelo se mantendrá, con suerte, un par de semanas. Pero… un momento, y los que fueron asesinados en Beirut ¿no son nuestros caídos? Los miles de muertos en la guerra Siria ¿no son nuestros caídos? Los iraquís que han sufrido dos intervenciones y ven  su país despedazado ¿no son nuestros caídos? Con lo “nuestros caídos” me refiero lógicamente a que murieron por culpa de nuestros presidentes y sus políticas.

Obviamente no quiero decir que sintamos lo mismo por un europeo muerto bajo el terrorismo  que por un sirio o una libanesa, un yemení o una libia, ¡faltaría más! Por mucho que los fariseos traten de disfrazarse de buenos samaritanos ya no resulta creíble, y el #JesusisParis no es más que fariseísmo edulcorado para una sociedad adoctrinada e infantilizada. Maduremos y tengamos dignidad asumiendo las consecuencias de nuestro deshonroso dejar hacer al político de turno. Nos dejamos engañar por los creadores de opinión y somos integristas de una democracia demencial: un sistema que por el momento sigue creando opresores, oprimidos y orgullosísimos hombres de estado que mandan a sus propios soldados a morir en una guerra que no es la nuestra. Los soldados deben estar en casa, para defendernos si fuese preciso, no atacando.

Así somos, en esto no hemos convertido. Las democracias europeas envueltas en su propia decadencia han fracaso al no ser capaces de asegurar que los ciudadanos respeten la vida de sus semejantes; pues como todos ustedes saben, muchos de los terroristas que ingresan en las filas del Estado Islámico tienen pasaportes de Occidente.

La inteligencia y la templanza han huido del viejo continente y la respuesta de Francia fue, con toda seguridad, alabada por los terroristas. Los bombardeos sobre Raqqa generarán más rabia,  más caos y serán un buen reclamo para la propaganda del EI. De verdad no hemos vuelto tan estúpidos que no somos capaces de comprender que es precisamente este intervencionismo el que ha creado al EI; o es que la propaganda de nuestros gobiernos y sus consignas nos impiden ver que el viernes 13, los daños colaterales de  las políticas occidentales en Oriente Medio fueron los 129 seres humanos asesinados en París.

El show está en marcha, y muchas voces surgirán pidiendo leyes “antiterroristas” que puedan ser homologables con la Patriot Act de Estados Unidos. Sí, señoras y señores, como anunciaba en la portada de Le Parisien: C´est la guerre, una nueva embestida de los gobiernos contra los ciudadanos que los financian, más bombas, más terror, menos humanidad, menos coherencia y menos libertad para el mundo. Y cada cierto tiempo seguiremos llorando nuestros propios daños colaterales.

 

Si yo fuese iraquí o Siria, ardería de indignación al ver como el mundo se deshace en sollozos y se enarbola la bandera del victimismo de eso que llaman “la Yihad”. Pensaría que lo de París es una muestra más de la barbarie cotidiana en la que vivo, pero con una diferencia, a mis amigos y familiares muertos no los llora el mundo, no se iluminan las ciudades con los colores de la bandera del país donde me toca sobrevivir, no se organizan actos de estado y no hay un coro de plañideras mediáticas preparadas para descomponerse en llantos cuando un terrorista decide suicidarse y arrebatarle la vida al mayor número de personas posible.

Si yo fuese iraquí o siria lamentaría a los muertos de París y me uniría al coro que pide el #PrayforParis pero  después lloraría sola al asomarme a la ventana y ver a la vieja Bagdad, o la inmemorial Damasco envuelta en la muerte, la desesperanza y el olvido.

Señores y señoras  lo de Francia fue un ataque terrorista; lo de Irak, lo Siria o lo de Libia ES LA GUERRA.

SYRIZA, SUIZA Y LA UNIÓN

Son días caóticos  en lo que resulta complejo calibrar que va a pasar en el futuro más próximo, hay demasiados frentes abiertos y los que manejan el timón parecen haber sucumbido ante la arrogancia.

El próximo día 25 de enero los griegos van a votar, no libremente claro, ya que la maquinaria de presión de la Unión ha comenzado a mover ficha. El jueves, Draghi, va a reunirse con sus consejeros para confirmar que van a seguir haciendo lo mismo que hasta ahora; curiosamente el posible rescate a Grecia quedará postergado hasta que el nuevo ejecutivo heleno tome el poder el próximo 10 de febrero.

Ha quedado demostrado que la monetización de la deuda (lo que se ha hecho hasta este momento) es decir la compra de la deuda pública para que el crédito fluya poniendo nuevo dinero en el mercado, no funciona. Es de poco inteligentes pensar que se puede seguir creando dinero de la nada ilimitadamente, ya que el BCE puede fabricar el dinero que quiera para prestárselo a bancos o gobiernos, y aún más estúpido, si se me permite la expresión, caer en la arrogancia del rumbo fijo y la intervención estatal de la economía.

La crisis del Euro

Europa no va a salir de esta crisis con tales medidas. Si se reflexiona fríamente lo que pienso que quieren realizar es: fabricar dinero, para que la gente gaste y las empresas inviertan (y de paso lo amigos de los políticos, los banqueros, ganen un poquito más) esperando supuestamente que esto vaya a reactivar la economía. Pero como ese dinero ha sido creado de la nada, una vez que  se acabe de gastar ya no volveremos a estar en la situación de partida, que es nefasta, sino que estaremos todavía más endeudados,los empresarios se dará cuenta de que sus inversiones no fueron la adecuadas, y así en un ciclo cuyo final podría ser irremediablemente la muerte del Euro.

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La realidad es peor de lo que imaginamos, Suiza ya no quiere saber nada de la moneda única, no quieren más Euros ya que, entre otras cosas, no están dispuestos a financiar la deuda de ciertos países europeos con el riesgo de que nunca sea liquidada. Y Alemania no hace lo mismo porque no puede….

Y no nos olvidemos del oriente europeo: Estonia, Letonia y Lituania ya no son los Tigres del Bálticos y sus cuentas empiezan a fallar. Por no hablar de Rusia, que sufrió la irá de la guerra monetaria;  si los banqueros rusos dejan de pagar a sus colegas alemanes, italianos y franceses, comenzaríamos a vernos en otro aprieto. Demasiados frentes abiertos.

Los no revolucionarios

Por otro lado tenemos a Syriza, que no cunda el pánico aún, Syriza no es revolucionario, lo que quieren es intentar que su país salga de la crisis pero están rotundamente equivocados. La solución no pasa por la izquierda más tradicional: nacionalizar bancos, subir impuestos, aumentar el salario mínimo, aumentar en gasto en educación, etc. No pueden hacer lo que proponen básicamente porque el país no tiene dinero. Y mucho menos podrán mejorar la situación de manera permanente si lo que aspiran es a aumentar el poder y gasto del Estado, que fue precisamente uno de los motivos que provocó que los griegos estén en tan compleja situación.

No hace falta irse a Grecia para entender la desesperación de un pueblo que gastó lo que no tenía y cuyos político se dedicaron a su más tradicional ocupación: la corrupción. La realidad se impuso y lo seguirá haciendo.

Es perfectamente lógico que tanto Tsipras como Iglesias crean que pueden mejorar la situación de sus paisanos, y personalmente no dudo de su buena intención, pero como decía Nietzsche: nos castigarán por nuestras virtudes, no por nuestros defectos. Y las virtudes de estos dos hombres aún no han entrado en la dinámica del poder. Una vez dentro pasarán a ser más conservadores y en ese afán de tener razón y solución, comenzarán a combatir por continuar en sus cómodos asientos y desatarán un mecanismo de propaganda estatal que nos va a dejar impresionados.

Alexis Tsipras y Pablo Iglesias en Atenas./Foto: Clara Palma Hermann/ El Diario.es

Alexis Tsipras y Pablo Iglesias en Atenas./Foto: Clara Palma Hermann/ El Diario.es

La situación les favorece, son la única apuesta clara para un “cambio”. El segundo problema es que su virtud es su mayor peligro, son demasiado ideológicos. La consecución de sus ideas necesita someter económicamente a todos los ciudadanos de sus países (lo mismo que pasa hoy pero aumentado el nivel). En su modelo, por desgracia, no es suficiente solo el control económico, tienen una aspiración ideológica que pasa por la dominación de la naturaleza humana, creen en el hombre nuevo, el que es responsable, incorruptible y justo, con la excusa de alcanzar esta meta (a la que nunca se llegará, por que un hombre con poder siempre tiene tentaciones)van a insinuar la necesidad recortar las pocas libertades que quedan, para que ellos las custodien y las gestionen. ¿Por qué habríamos de fiarnos de una nueva clase política con más poder?

Lo verdaderamente revolucionario  es pedir que vuelva el dinero del pueblo, el patrón oro. Pero claro, con el oro, los políticos, nuevos o viejos, no podrán manipular la economía ni enriquecerse, y el Estado sería cada vez más prescindible ya que los individuos tendrían el poder real de su destino.

Desde mi óptica la solución pasa por reducir el tamaño de la terrible institución estatal,  permitir que la inteligencia humana salga adelante. Las personas sin la coacción de los ejecutivos nacionales son la única solución a este descalabro. Menos Estado, menos impuestos y más libertad.

Y por supuesto hay que replantearse este invento de la Unión Europea, que no es otra cosa que un megaestado financiado por  agotados contribuyentes, que de democrático tiene poco, y que a efectos prácticos no cumple con su función, la actual situación del viejo continente es una evidencia de su fracaso.

Lo que viene

Dice una teoría geopolítica que Grecia muestra  el futuro Europa, para conocer el estado del continente hay que mirar hacia el país que inventó la democracia. No creo que haya mucho que comentar.

Las próximas elecciones de la República Helénica pueden aportar pistas sobre lo que va a pasar en el estado español el próximo otoño. Me viene a la cabeza que un año antes de que Felipe González ganase las elecciones generales (con todo lo ello significó), el Pasok (Socialistas griegos) consiguió 170 diputados en el parlamento griego, llegando al poder por primera vez tras la Dictadura de los Coroneles, en las terceras elecciones de la República. Sería una casualidad…

Vayamos a lo importante, el pronóstico (sin tener en cuenta cualquier movimiento tramposo de los unionistas de la UE en los próximos días): Syriza gana con mayoría simple, pacto a la vista e inestabilidad para gobernar. El domingo es el verdadero día D.

LOS QUE VIVIMOS QUEREMOS DEJAR DE SER VASALLOS

Cada vez es más difícil sobrevivir, el mundo se ha convertido en un lugar terrible para la mayor parte de sus habitantes, resulta complejo no derrumbarse ante la cantidad de amargura que recorre la Tierra. Muchos podrán tacharme de pesimista, y puede que tengan razón, pero la situación es tan grave que no hay tiempo para ver el lado bueno las cosas. Ahora es momento de reflexionar y decidir qué hacer.

Hemos llegado a un punto como especie que la palabra civilización nos queda grande. Nos hemos corrompido y estamos en decadencia, nos dejamos llevar por la vida cómoda y apacible, hemos alimentado el cuerpo pero no el alma. Creíamos que la situación se iba a mantener, pensábamos que, aquí, entre el Atlántico y  el Mediterráneo la riqueza continuaría creándose al mismo ritmo, mirábamos con desprecio las penalidades del pasado, juzgamos con impunidad y pecamos de soberbia.

No aprendimos nada de la Historia, los valores que en ella prevalecieron están despreciados por nuestra eminente lógica. Ahora que ya no disponemos de la seguridad de los bolsillos llenos y la opresión es cada vez mayor, ahora, no tenemos refugio espiritual.

No sabemos sufrir, lo tuvimos todo ¡y no lo sabíamos! Todo se daba para nosotros, el porvernir más esperanzador nos esperaba, nosotros éramos los elegidos. Los que nacimos antes de la caída de la URSS llegamos a creer que nunca podríamos conocer una situación de despotismo semejante.

La humanidad ha conseguido grandes logros, pero olvidamos lo más básico, tener en cuenta nuestra propia naturaleza. No comprendimos que la política debe ser ejercida por hombres libres mediante la colaboración voluntaria. Cuando otorgamos el poder a un grupo de personas y permitimos, “legalmente”, que nos quitarán la libertad, nos olvidamos de una parte de nuestra esencia, la más peligrosa, no somos incorruptibles. La tentación de aumentar el propio beneficio personal, sea cual fuere, crece a medida que tienes a más personas bajo tu control.

Permitimos impunemente que nos sometieran bajo las leyes, nos hicieron creer que necesitamos ser gobernados y dejamos que aquellos que nos representan cometieran auténticas barbaridades contra nuestros semejantes y contra nosotros mismos.

Como era de esperar la corrupción moral se extendió como un cáncer desde la altas esferas del poder, crearon un sistema totalmente erróneo, al menos para la gran mayoría. Tuvieron ya demasiadas oportunidades y no han aprendido nada, volvemos a estar al borde del colapso. Si siguen actuando sin sensatez podemos llegar a conocer una gran crisis. La mayor de Occidente, y el caos se desatará. Puede que exagere, pero esto es lo que percibo.

En medio de este desconcierto provocado por los jefes de los estados del mundo y sus amigos, los empresarios más poderoso de la Tierra, estamos nosotros, una generación a la que ahora llama X, si ellos supieran… Lo tuvimos todo, es cierto, llegamos cuando este país empezaba a conocer la riqueza, muchos de nosotros hicimos lo necesario para alcanzar la meta, pero un día el camino se difuminó y todo  se desvaneció. Nuestro ánimo cambió, y el que ha conseguido ponerse a andar arrastra la pena de ver frustrados muchos presentes.

Siempre oí que de los sufrimientos más profundos se pueden sacar las más hermosas obras, y ese tiene que ser nuestro deber; sufrir, derrumbarnos si es preciso, salir más fuertes y revitalizados para tener el valor de parar esta vorágine. Debemos sacar lo mejor de nosotros mismos, luchar contra la pereza que provoca la dominación estatal y social. Nos toca aprender e ser fuertes y tratar de convertir la supervivencia en un acontecimiento más amable para la mayoría de los que habitamos en este planeta.

No es empresa fácil, el primer combate tiene lugar en nuestro interior. Creo que el mundo  mejorará a medida que los individuos mejoren, esa debe ser la clave. Claro está que cada persona tiene en mente una idea distinta de lo que suponer ser mejor, pero debemos ir a lo más práctico: la libertad y el respeto. Es preciso que todos seamos libres de nuevo, que tengamos la seguridad de poder ser independientes. Nuestra existencia tiene que ser un reflejo nuestro esfuerzo y de nuestro trabajo. Pero la realidad nos pega como una bota en la cara, el  sacrificio y el empeño parecen carecer de valor, hemos construido una gran trampa para todos, y lo peor es que nosotros la mantenemos con nuestro dinero de papel.

La gran farsa del estado civilizado y democrático, el gran Occidente iluminado. Forjamos el Estado a sangre, fuego y dolor, caímos en la tolerancia al mal, y ahora pagamos las consecuencias de nuestra laxitud racional.

Es momento de decidir de que lado queremos estar cada uno, si a favor de la libertad o de la tiranía,  la elección no es sencilla. La tiranía confunde hasta las mentes más brillantes y trasforma la buenas intenciones,cuando las hay, en macabros hechos, infunde la debilidad a las almas. La tiranía es el Estado, una élite que puede decidir impunemente sobre las condiciones de la vida y de la muerte.

Los que vivimos queremos dejar de ser vasallos y para esto necesitamos que dejen tranquila nuestra economía, nuestra moral, nuestra educación….Es preciso asumir la responsabilidad que supone habitar este mundo, no puede haber más demora. La libertad total requiere fortaleza y valentía para alcanzar un nuevo tiempo, un tiempo más humano.

CON EL ESTADO HEMOS TOPADO


¿Qué es el Estado? ¿Dónde está? ¿De qué se alimenta? ¿A quién o a qué sirve? ¿Cuál es el porqué de su existencia? ¿Cuál es su fin último?

Puede parecer un cuestionario puramente retórico, pero lo cierto es que existen múltiples respuestas y para todos los gustos. La opción óptima para el Gobierno (cualquiera que sea) es que nunca lleguen a formularse tales preguntas, y que mucho menos terminen respondiéndose con axiomas contrarios a la doctrina oficial (o propaganda oficial); evitando así que cualquier mente inquieta y consciente del chantaje emocional al que está sujeta llegue a la única conclusión lógica: el estado es un disparate.

El propio estado ha encargado que se escriban colosales bibliotecas sobre su carácter irreemplazable, ha contado a lo largo de su historia con grandes intelectuales que vendieron su alma al diablo, perdón, al estado, para ensalzarlo a través de enrevesadas teorías. El estado a través de sus profetas divinos que son los Gobiernos, trató de crear la idea de que solo la minúscula vanguardia del pueblo era digna de entender tales hipótesis, el otro 98% tenía una tarea más sencilla, acatarlas.

Pero nada más alejado de la realidad, todos los seres humanos, independientemente de nuestra condición intelectual, comprendemos o somos capaces de sentir lo que es la coacción, el sometimiento, la opresión, la subordinación, el vasallaje. Pues bien, esto es el Estado. El estado es la policía que agrede a quien no cumpla la ley (justa o no), el estado son los impuestos que asfixian al pueblo, el estado es la corrupción, es el robo, es la propaganda del miedo, el estado es la guerra, el estado es poder. Hitler fue Estado y Stalin también, Franco era Estado, Obama es Estado, Lagarde es Estado, Merkel es Estado, todos los Bancos Centrales, que distorsionan nuestra economía y tirotean nuestra libertad, son Estado. Y aun así es particularmente curioso como tenemos más pavor a la libertad que al poder.

El amor al Estado, y sobre todo el respeto, se nos inculca desde la cuna; se identifica al Estado con un ente que podría compararse a los dioses; un ente que nos protege de nosotros mismos, que alimenta a la mente y al cuerpo, que es justicia y verdad absoluta, que es omnipresente y omnipotente, que iguala a los desiguales, que reparte la riqueza (o miseria). Una estructura gracias a la cual podemos vivir y desarrollarnos, que es protectora de la paz y de la masa de mujeres y hombres que nos hallaríamos perdidos sin su dirección férrea y tenaz: es nuestro padre divino en la tierra. Como Dios, el estado está en todos nosotros y todos somos estado (aunque unos son más estado que otros).

El ESTADO es, al fin, una fórmula inventada por algunos individuos (que lógicamente no son los que mejores intenciones tiene hacia sus semejantes) para someter al resto de la humanidad. La sumisión o coacción que practica se volvió refinada e incluso artística gracias al embrujo de la propaganda y a la experiencia de la historia; así las grandes masas que lo sostienen llegan a creer que habitan en la quimera de la libertad, y en cierta manera pueden creerlo, pero sin dejar de mantener el régimen de esclavitud que les fue impuesto.

ESTADO, GOBIERNO Y PROPAGANDA, la santísima trinidad de la servidumbre para la mayoría y del privilegio para unos cuantos; he aquí la clave de todo: la propaganda oficial. Las formas de transmitirla son muy diversas y se expanden a casi todos los ámbitos de la vida, pero la forma de propaganda más cruel y detestable es la Educación pública y también privada, pues ambas están controladas por el poder estatal. La propaganda es lícita siempre que se anuncie que es tal cosa, así la “educación formal” debería denominarse “adoctrinamiento formal”. Puede parecer hiperbólica tal comparación, pero desgraciadamente no creo que lo sea; tantos años bajo la titánica carga del Estado han hecho de nosotros cobayas felices en un hábitat estatal del cual tenemos miedo de salir.

El Gobierno adoctrina y decide impunemente qué o a quién se debe estudiar: todos conocen a Keynes, pocos conoce a Mises, todos han oído hablar hasta la saciedad de Lenin, pocos han reflexionado sobre su propia condición en la páginas de Hayek. Tampoco Rothbard goza del reconocimiento que sus pensamientos y teorías se merecerían, sin duda están desvaloradas. Pero recordemos que aquí, en estos tiempos modernos, el valor no lo marca la libertad de elección en el mercado de la ideas, sino que está monopolizado por nuestro querido Gobierno.

El siglo XX es uno de los pasajes más recientes donde se reveló la verdadera personalidad del Estado, mas se presentó bajo unos modales toscos y poco apropiados para tener una continuidad temporal; hubo parecido que este mal Estado finalizó con la destrucción del continente anciano; pero el experimento no terminó aquí si no que se refinó para continuar su legado en la tierra. La brutalidad y la dureza se tornaron en poética y en (neo)lenguaje más amable y correcto, en palabras tergiversadas que afirman lo contrario de lo que enuncian, para finalmente continuar haciendo de las suyas (intervenciones extranjeras en conflictos internos por ejemplo); pareciese que el manual político de estos tiempos fuese 1984.

Esta reflexión debe terminar respondiendo de manera libre y bajo la perspectiva del libertarianismo a las cuestiones iniciales. Todo este alegato en contra del Gobierno y el Estado también es propaganda, por su puesto, todo acto de comunicación es un acto de persuasión, de propaganda. Pero estamos ante la propaganda de la libertad, la propaganda que combate para que cada individuo pueda hacer los alegatos propagandísticos que considere. Este mensaje trata de pelear por una nueva circunstancia donde cada ser humano en cualquier porción de tierra de este planeta sea libre para pensar, para producir, para creer y para evolucionar según su propia consideración.

Se puede concluir afirmando que el Estado es un grupo de personas que ostenta un poder de coacción sobre la mayoría de las sociedades. El Estado no está en ningún lugar, el Estado no es más que un esquema mental impuesto por decenios de propaganda, y del que solo notamos la represión cuando nos obliga a pagar impuestos o cuando pone trabas al libre desarrollo de la actividad económica. El estado se alimenta del trabajo de los sujetos, de su producción, de su dinero en definitiva; es condición indispensable para el alimento del Estado que se ejerza el robo “legal”. El Estado se sirve a sí mismo, es decir, está constituido por un mafia que forma un gobierno y trabaja para sí misma y por sus propios intereses, los cuales, no tienen por qué coincidir y de hecho no coinciden con los de la mayoría. Su existencia se debe a que una “panda de ladrones” se adueñó del poder que los ciudadanos le otorgaron en pro de la DEMOCRACIA y a través del famoso contrato social, que yo nunca he firmado, creo. Su fin último es el primero, la existencia y el acaparamiento del poder para desarrollar la coacción.

Este humilde discurso trata de activar el gen libertario, propio de nuestra condición humana, que es preciso para poder trazar el camino hacia la libertad; esa misma que un día los dioses nos concedieron y poco después nuestros propios semejantes nos arrebataron.