Relaciones Internacionales

Si yo fuese iraquí o siria

Es viernes 13 de noviembre, y en Bagdad suenan de nuevo sirenas, es otro atentado. Esta vez las víctimas mortales fueron 18 personas (sí, personas; como usted y como yo) reunidas para celebrar un funeral. Un día antes los medios de comunicación informaban que 40 libaneses eran asesinados tras dos atentados suicidas en Beirut, y entre otras cosas, se puede leer por ahí, que Boko Haram destruyó más de 1000 escuelas en el 2015…

Pero la ola de indignación y repulsa sólo llegó tras la sangre derramada en París. Dicen los medios de masas que al menos 129 personas fueron las víctimas asesinadas.  La furia que los gobiernos occidentales han fraguado durante años de intervenciones en una tierra que no le pertenece, que no comprenden y sobre la cual no tiene ningún derecho de injerencia se ha notado, esta vez, en la capital francesa. Pero también en el Líbano y en Turquía y en Siria se vertió la sangre de los inocentes.

El mundo virtual se volvió tricolor en cuestión de horas, y el #JesuisParis inundó las redes sociales. Otro eslogan para los hipócritas; ¡no es preciso pararse a analizar amigos míos!, la artillería del pensamiento nos hace el trabajo. “Nuestros caídos” recibirán su homenaje y el duelo se mantendrá, con suerte, un par de semanas. Pero… un momento, y los que fueron asesinados en Beirut ¿no son nuestros caídos? Los miles de muertos en la guerra Siria ¿no son nuestros caídos? Los iraquís que han sufrido dos intervenciones y ven  su país despedazado ¿no son nuestros caídos? Con lo “nuestros caídos” me refiero lógicamente a que murieron por culpa de nuestros presidentes y sus políticas.

Obviamente no quiero decir que sintamos lo mismo por un europeo muerto bajo el terrorismo  que por un sirio o una libanesa, un yemení o una libia, ¡faltaría más! Por mucho que los fariseos traten de disfrazarse de buenos samaritanos ya no resulta creíble, y el #JesusisParis no es más que fariseísmo edulcorado para una sociedad adoctrinada e infantilizada. Maduremos y tengamos dignidad asumiendo las consecuencias de nuestro deshonroso dejar hacer al político de turno. Nos dejamos engañar por los creadores de opinión y somos integristas de una democracia demencial: un sistema que por el momento sigue creando opresores, oprimidos y orgullosísimos hombres de estado que mandan a sus propios soldados a morir en una guerra que no es la nuestra. Los soldados deben estar en casa, para defendernos si fuese preciso, no atacando.

Así somos, en esto no hemos convertido. Las democracias europeas envueltas en su propia decadencia han fracaso al no ser capaces de asegurar que los ciudadanos respeten la vida de sus semejantes; pues como todos ustedes saben, muchos de los terroristas que ingresan en las filas del Estado Islámico tienen pasaportes de Occidente.

La inteligencia y la templanza han huido del viejo continente y la respuesta de Francia fue, con toda seguridad, alabada por los terroristas. Los bombardeos sobre Raqqa generarán más rabia,  más caos y serán un buen reclamo para la propaganda del EI. De verdad no hemos vuelto tan estúpidos que no somos capaces de comprender que es precisamente este intervencionismo el que ha creado al EI; o es que la propaganda de nuestros gobiernos y sus consignas nos impiden ver que el viernes 13, los daños colaterales de  las políticas occidentales en Oriente Medio fueron los 129 seres humanos asesinados en París.

El show está en marcha, y muchas voces surgirán pidiendo leyes “antiterroristas” que puedan ser homologables con la Patriot Act de Estados Unidos. Sí, señoras y señores, como anunciaba en la portada de Le Parisien: C´est la guerre, una nueva embestida de los gobiernos contra los ciudadanos que los financian, más bombas, más terror, menos humanidad, menos coherencia y menos libertad para el mundo. Y cada cierto tiempo seguiremos llorando nuestros propios daños colaterales.

 

Si yo fuese iraquí o Siria, ardería de indignación al ver como el mundo se deshace en sollozos y se enarbola la bandera del victimismo de eso que llaman “la Yihad”. Pensaría que lo de París es una muestra más de la barbarie cotidiana en la que vivo, pero con una diferencia, a mis amigos y familiares muertos no los llora el mundo, no se iluminan las ciudades con los colores de la bandera del país donde me toca sobrevivir, no se organizan actos de estado y no hay un coro de plañideras mediáticas preparadas para descomponerse en llantos cuando un terrorista decide suicidarse y arrebatarle la vida al mayor número de personas posible.

Si yo fuese iraquí o siria lamentaría a los muertos de París y me uniría al coro que pide el #PrayforParis pero  después lloraría sola al asomarme a la ventana y ver a la vieja Bagdad, o la inmemorial Damasco envuelta en la muerte, la desesperanza y el olvido.

Señores y señoras  lo de Francia fue un ataque terrorista; lo de Irak, lo Siria o lo de Libia ES LA GUERRA.

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Rusia aplica la fórmula euroasiática en su política exterior y fortalece su alianza con Bachar Al-Assad

La intervención de Rusia en la guerra siria constata la seguridad del Kremlin en su programa de política exterior euroasiática. El eurasianismo es una teoría política propiamente rusa que se enmarca dentro de apuesta por la multipolaridad1 en la relaciones internaciones. La Federación Rusa, según los postulados eurasiáticos, se presenta como un polo de poder que puede llegar a consolidar la estabilización de Eurasia.
Se trata de un movimiento totalmente coherente dentro del discurso y la visión que Rusia tiene de su papel en el escenario internacional. La vía euroasiática se presenta desde Moscú como una apuesta por las relaciones internacionales basadas y encuadradas en las normas del derecho internacional y de los tratados; la intervención en Siria está destinada, según el gobierno ruso, a asegurar la estabilidad de la zona y lógicamente proteger sus propios intereses.

El gobierno de Vladimir Putin ha sabido aprovechar un momento clave para intentar reorientar la deriva de la actual política occidental en Oriente Medio. Mientras los representantes europeos debaten en reuniones fallidas sobre cuantos refugiados puede acoger cada uno de los estados miembros, y muestran a las audiencias europeas su incapacidad para gestionar todo aquello que no esté puramente planificado de antemano. Desde Rusia se apuesta por ir a la raíz del problema y acabar con la guerra mediante la alianza con el presidente Bachar Al Assad. La postura rusa se encuadra en la táctica intervencionista que fuera iniciada por Estados Unidos en su lucha contra el denominado terrorismo internacional, y se sustenta legalmente en sus tratados de seguridad con el estado sirio.

Atacan la embajada de Rusia en Siria por su apoyo a Al-Assad foto: EFE STR (LaNacion.com.ar)
A pesar de la contienda mediática en los países occidentales, las posibles nuevas sanciones a las que puede verse sometida su contraída economía y los diversos recursos de coacción del derecho internacional que pueden ser usados en su contra, el gobierno de Moscú ha asumido un papel proactivo en la región.

La estrategia rusa difiere sustancialmente da las últimas intervenciones occidentales en los conflictos surgidos a la raíz de las mal denominadas “Primaveras Árabes”, dónde el apoyo internacional a los “rebeldes” ha ocasionado serios problemas regionales, como en el caso libio y la expansión de la inseguridad a Malí tras los bombardeos franceses contra Gadafi .

Putin sigue una lógica clara en las dos dimensiones que implica la intervención de su ejército en el conflicto sirio. Por un lado, entiende que es preciso una alianza con las fuerzas que se integran dentro de la facción del presidente Al Assad para apuntalar la seguridad en el país y frenar el avance de los grupos terrorista Daesh y Al-Qaeda. Según el presidente ruso, esta es una premisa necesaria para estabilizar Siria y empezar un proceso de transformación política interna que ha sido revindicado claramente por los ciudadanos.

Por otra parte, el tablero internacional se balancearía hacia un nuevo reparto del poder en una región dominada por la correlación de fuerzas entre Arabia Saudí, Irán e Israel y sus aliados occidentales.
La participación del partido Baaz y de su presidente en una posible mesa de negociaciones para la resolución del conflicto es una garantía que podría asegurar la vocación laica y multiconfesional de Siria; dado que el propio Bachar Al Assad es miembro de una minoría religiosa (alawita) y Siria un país donde históricamente han convivido varias religiones y diferentes ramas del Islam. Si este marco llega a concretarse sería complejo que alguna facción wahhabita llegase al poder por la vía oficial y se estableciese en Damasco un poder colaboracionista con Ryad. Además, la Federación Rusa podría asegurar su preciada presencia en el Mediterráneo gracias a la base marítima que tiene en la ciudad siria de Tartus.

Base de Tartus Con una Siria estable, Irán, su aliado tradicional, se vería en una situación más ventajosa en la denominada Guerra Fría que sostiene con Arabia Saudí. El gobierno iraní, presidido por Hassan Rouhani, podría concentrase en sus asuntos internos (sin dejar de prestar atención a sus fronteras con Irak, Afganistán y Pakistán) y tratar de buscar solución a la crisis económica que sufre el país, dentro de un nuevo marco de distensión con Estados Unidos, establecido gracias al avance de las negociaciones de su programa nuclear. De esta manera, Teherán iniciaría un afianzamiento de su estatus regional, encaminado hacia su fortalecimiento como polo de poder proyectado hacia la concreción de un marco multipolar también defendido por China y la propia Rusia, que frene la política neoconservadora estadounidense en la región capitaneada por su aliado saudí.

La estrategia de Moscú busca alejar la influencia del atlantismo anglosajón en una región crucial para su seguridad y frenar el proceso de contención que la OTAN ha establecido de manera decisiva tras el golpe de estado en Ucrania y la posterior guerra de secesión que se mantiene en el este del país.
Es evidente que la intervención rusa va a generar una respuesta occidental, la probable reelección de Erdogán en Turquía afianza las posiciones de Estados Unidos y la UE en la región, pero el equilibrio de poder ya no es el mismo, y es complejo que la opinión pública occidental acepte de nuevo un apoyo oficial a los oponentes del régimen sirio entre los que se encuentran grupos terroristas.

Aunque los nostálgicos de la Guerra Fría puedan comparar el escenario sirio con la guerra de Corea, la diferencia es bastante importante; la economía estadounidense no muestra atisbos de transformar su política de expansión artificial del crédito y parece que seguir imprimiendo moneda y endeudarse es su única y apuesta, mientras Rusia podría romper esta tendencia volviendo al patrón oro y blindarse frente a la injerencia del dólar en su economía. El simple indicio de que algo así podría suceder es uno de los principales frenos para los planes occidentales de repliegue de la influencia regional de Rusia.
A la hora de analizar esta etapa de la política exterior rusa es preciso tener en cuenta todas las implicaciones, no solo las meramente formales. Más allá de la propia intervención, el Kremlin pretende mandar un mensaje a Occidente: Rusia sólo ha necesitado dos décadas para fortalecerse y su renovación le permite una mayor capacidad de maniobra, con lo que cualquier estrategia antirrusa basada en los preceptos que guiaron la Guerra Fría no va a ser correcta. Occidente no ha entendido que la actual Federación de Rusia no tiene más ideología en sus relaciones internacionales que sus propios intereses nacionales, no parte de una base desde la que intentar cambiar al mundo, si no que pretenden establecerse en el panorama internacional mediante el respeto a las normas del Derecho Internacional; al menos esa es su consigna.
Rusia ha aprendido de su propia historia la importancia de transmitir el mensaje adecuado en el momento clave; las consecuencias de su discurso y su coherencia pueden acelerar el proceso de transformación de un panorama internacional que se inclina hacia la multipolaridad que ellos defienden.


1La idea de multipolaridad que propugna la política exterior rusa no se corresponde con el concepto clásico de la teoría realista, que define este concepto como una “constelación de centros de poder autosuficientes que poseen amplios recursos materiales y que o bien se equilibran o se enfrentan entre ellos”; desde el Kremlin se interpreta esta noción como la superación de la idea de anarquía reinante en la comunidad internacional a partir de unas “relaciones institucionalizadas e inclusivas”, siendo el modelo multipolar el mecanismo mediante el cual hacer frente al proceso de globalización occidental. Vïd: MAKARYCHEY, Andrey: “Rusia en un mundo multipolar: El papel de las identidades y los mapas cognitivos” en: Revista CIDOB d´Afers Internacionals, nº 96, 2011, pp.25-43

EL FIN DE LA UNIÓN SOVIÉTICA (Parte I)

“No temáis la grandeza” William Shakespeare.

La Federación Rusa aparece en la historia y sin apenas tiempo para asentarse tuvo que lidiar con una situación radicamente diferente a la que había conocido desde la II Guerra Mundial. La transición evidentemente no sería un asunto fácil, había que transformar todo el sistema administrativo, adecuarlo a la nueva realidad geográfica de Rusia[1] y también encontrar una nueva identidad nacional dado que el sovietismo era ya pasado. La cultura democrática no era el plato fuerte de los dirigentes del nuevo país.

La transformación económica del estado era la empresa más urgente, el sistema económico de planificación central heredado de la etapa anterior se mostraba ineficiente, no podía garantizar el crecimiento económico, ni estimular el sector productivo.  La política exterior sería la gran descuidada durante este período.[2]

Cuando la administración Yeltsin tomó las riendas del país, se pusieron en marcha toda una serie de reformas para revitalizar la economía, en el verano de 1990, curiosamente antes dela caída de la URSS, el G-7 encargó un informe que determinase las directrices que las autoridades rusas debían seguir para la adaptación del modelo socialista a una economía de mercado. Los autores teóricos de las reformas fueron: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), y el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo.

La propuesta resultante fue una copia del diseñado para la mayoría de los países latinoamericanos y del Tercer Mundo, aunque Rusia tenía  unas condiciones económicas y sociales muy diferentes a las de estos estados se terminó aplicando.[3] La materialización de estas medidas se conoció en Rusia como las reformas de Gaidar, fueron aprobadas por Yeltsin, y la opinión pública tuvo conocimiento de ellas cuando ya estaban en vigor.

Los resultados fueron nefastos, la inflación subió, los precios se dispararon, la producción disminuyó el 40%, la mortalidad aumentó un 16%, y la natalidad, uno de los grandes problemas de Rusia, descendió en un 16%, aumentaron las manifestaciones de ideologías extremas como el nacionalismo; el crimen organizado y la delincuencia brotaron y se expandieron.[4]

En definitiva, la crisis económica trajo una pérdida del potencial de Rusia, la humillación nacional y  un fuerte sentimiento antioccidental en un momento clave para la sociedad rusa, pues estaba comenzado a configurar su idiosincrasia; en el período correspondiente a 1989-1999 los análisis sociológicos rebelan que el pueblo ruso muestra “un impresionante auge de la mentalidad imperial y militarista y una pérdida de posiciones de los portadores de la mentalidad liberal[5]. El reparto de las propiedades del Estado fue una oportunidad de oro para un grupo reducido de individuos que vieron como sus fortunas se acrecentaban y fundaron una nueva clase muy influyente dentro de Rusia, la oligarquía, que tantos titulares otorgará a la prensa internacional tras la llegada de  Vladimir Putin, que la combatirá energicamente.

La nueva constitución aprobada el 12 de diciembre de 1993 se basa fundamentalmente en el poder ejecutivo presidencial y como consecuencia de ello el Presidente ostenta una gran acumulación de poder, la Duma queda relegada a un papel secundario.

La concepción de ciudadano ruso es un apartado muy significativo en la Constitución del país; la rápida e inesperada desintegración de la URSS dejó a miles de comunidades rusas fuera del territorio Federal de la noche a la mañana literalmente, de tal manera que la constitución de la Federación concede su ciudadanía todos los individuos rusos que se encuentren fuera de sus fronteras; en su artículo 62 establece que El ciudadano de la Federación Rusa puede tener ciudadanía de otro Estado (doble ciudadanía) conforme a la ley federal o al tratado internacional de la Federación Rusa”, y en el artículo anterior, 61.2 pone de manifiesto que “La Federación Rusa garantiza a sus ciudadanos la defensa y el patrocinio fuera de su territorio”[6]. El texto también indica que la política exterior será determinada por el presidente de la Federación.

La Federación Rusa heredó el status y los derechos de la Unión Soviética cuando la comunidad internacional reconoció a Rusia como el único sucesor de la URSS. Rusia continúa siendo miembro de Consejo de Seguridad de la ONU, participa  en la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, ha heredado todas las obligaciones de los Tratados ratificados por la URSS así como sus deudas, y mantiene relaciones diplomáticas con 178 países y sus embajadas están presentes en 140 Estados.

REFERENCIAS

[1]El nuevo estado ruso pasó de una superficie de 22.440.200 km2  a 17.075.400 km2. La configuración de las nuevas fronteras de la Federación Rusa supusieron la pérdida del 24% de territorio, a pesar de ello Rusia sigue siendo el país más grande de la Tierra. SERRA, Francesc: Rusia, la otra potencia, Fundació CIBOD, Barcelona, 2005, p.59

[2]PRUDNIKOV ROMEIKO, Valentina: “¿Continuidad o cambios en la política exterior de Rusia?” en: Revista de Relaciones Internacionales de la UNAM, nº 103, enero abril 2009, pp. 79-102

[3]ARBATOV, Georgi: “¿Una nueva guerra fría?”, en: Cuadernos del Este, nº 15, 1995, p.88 pp-87-93.

[4]Ibíd.

[5]SEDOV, Leónid: “De Lenin a Pedro I y  de Einstein a Napoleón” en : EL País, 8 de agosto de 1999

[6] Es tanta la importancia que desde el actual gobierno de Rusia se otorga a su concepto de ciudadanía que se inició un proyecto de ley, por parte del Servicio Federal Migratorio de Rusia y los departamentos involucrados, para simplificar los trámites a la hora de adquirir la ciudadanía del país. Víd: KORUTÚN, Lada: “Habrá menos barreras para recibir la ciudadanía rusa” en: La voz de Rusia,  21 de mayo de 2013.

LAS IMPLICACIONES INTERNACIONALES DE LA REVOLUCIÓN RUSA

LA SEXTA GRAN POTENCIA

Bien podría formularse la pregunta de por qué la política internacional no revolucionaria debería considerarse más normal que la revolución, dado que en la historia de la sociedad internacional ha estado divida bastante equitativamente entre las dos”[1]

El siglo XX ha sido definido por la filósofa alemana Hannah Arendt como un tiempo que se configuró entre las revoluciones y las guerras, sin embargo la disciplina de las Relaciones Internacionales no ha prestado tanta atención a las primeras como a las segundas[2].

Las Relaciones Internacionales comenzaron el estudio de la guerra con la creencia de que esta se debe a “una agresión decidida racionalmente por los Estados y no como la internacionalización del conflicto social”[3].El desarrollo teórico de la disciplina tras la incorporación de una visión anglosajona de la ciencia política ha confirmado esta tendencia[4].

Martin Wight entiende por revolución una transformación violenta del régimen dentro de un estado; añade que las repercusiones de esta a escala internacional no son accidentales,  más bien ilustran  un cierto grado de unidad en el sistema internacional, así, los cambios  que se den en un determinado estado se volverán una cuestión de interés para el resto de potencias. Estas revoluciones  no solo pretenden transformar el propio estado, están vinculadas a una serie de movimientos organizados que tratan de cambiar a la sociedad internacional como un todo[5].

Una vez configurado, el estado revolucionario, planteará un reto al sistema internacional;  parte de la política exterior de estos versará sobre un cambio en las relaciones  sociales y políticas con otros países, se considerarán con derecho y obligación de conducir sus políticas exteriores[6].

Toda revolución internacional genera una contrarrevolución, “la historia del mundo desde el fin de la guerra mundial hasta fines de la década de los ochenta fue en buena medida, aunque no exclusivamente, la historia de las respuestas del sistema internacional a la revolución[7] derivando en un conflicto intersistémico[8] conocido como  Guerra Fría.

La República Socialista Federativa Soviética de Rusia en plena concordancia con su naturaleza de estado revolucionario ha pretendido transformar el marco de las relaciones internacionales desde su fundación en 1922. La misión mesiánica de Rusia  mutó su  esencia religioso-ortodoxa para  renacer  bajo la máxima del internacionalismo proletario.

La URSS en 1922

La URSS en 1922

La  Revolución de Octubre tuvo su influencia innegable en  los dos niveles de análisis del fenómeno internacional; macrointernacional,  en su aspiración para alcanzar la revolución proletaria mundial en sus primeros años, como a nivel  microinternacional, basándose en el estatus autoproclamado de la URSS como guía de la revolución mundial la cual se alcanzaría a través de su política exterior, esta era la premisa, al  menos en teoría.

El nivel macrointernacional abarca las cuestionen concernientes a la sociedad internacional, es decir, analiza  las teorías que conciben las relaciones internacionales como un conjunto de interacciones de muy diversas clases y se ocupa del estudio de la naturaleza de esas interacciones  y su relación entre sí. El nivel microinternacional se centra en el análisis de los diferentes miembros que participan en la sociedad internacional. “Incluye la organización interna, los procesos de decisión y las formas de actuación o relación de algún actor internacional o de un reducido número de ellos”[9], cuando se desciende al nivel microinternacional, la política exterior de los estados es uno de los principales asuntos a abordar pues es el núcleo donde convergen la vida nacional y la realidad internacional. El politólogo estadounidense Kenneth Neal Waltz, en la misma línea argumental, aprueba esta división analítica distinguiendo entre las teorías reduccionistas y sistémicas; las primeras se “concentran en las causas a nivel individual o nacional”, y las segundas “conciben las causas a nivel internacional[10].

REFERENCIAS

[1] Martin Wight citado en: HALLIDAY, Fred: Las relaciones internacionales en un mundo en transformación, Los libros de la Cátara, Madrid, 2002, p.165

[2] Ibíd. p.157

[3] La tradición anglosajona en las relaciones internacionales es eminentemente realista, con lo que sólo observa el nivel microinternacional al ser los estados los principales actores de la sociedad internacional, los procesos macrointernacionales no son fundamentados teóricamente por esta tendencia. Ibíd. p.158

[4] Los realistas consideran a las revoluciones como un cambio de los intereses del estado y de su política exterior, un desequilibrio entre en el sistema internacional que debe ser controlado, el nivel macrointernacional no es analiza en la teoría realista clásica; para los behavioristas las revoluciones “forman parte del espectro de la violencia, y como los virus, pueden difundir la transnacionalidad, pero esta violencia se concibe en términos psicológicos”. Serán los materialistas históricos, y en concreto Marx el que critique los supuestos decimonónicos del equilibrio entre las cinco potencias advirtiendo que este sistema será barrido por “la sexta gran potencia: la revolución”. Fred Halliday hace un recorrido por las principales teorías de las Relaciones Internacionales para demostrar la poca implicación de estas en el estudio de las revoluciones internacionales. Ibíd. p.164 y ss.

[5] WIGHT, Martin: A política do poder , Editora Universidade de Brasilia, Sao Paulo 2002, p.122

[6]HALLADAY, Fred: op.cit. p.170.

[7]Ibíd. p.167

[8] “El conflicto intersistémico es una forma específica de conflicto interestatal e intersocietal, en que a las formas convencionales de rivalidad -militar, económica y política- se les suma una discrepancia global de normas políticas y sociales, lo que suele prestarles legitimidad (…) la cuestión del conflicto intersistémico está casi ausente de la discursión sobre la guerra fría”  Este conflicto solo se solventará con la exclusión de uno de los dos modelos. Ibíd. p. 210.

[9]Víd: CALDUCH, Rafael: Relaciones Internacionales, Ciencias Sociales, Madrid, 1991, p.31; REYNOLDS, Philip Alain: Introducción a la Política Internacional, Tecnos, Madrid, 1977, p. 16.

[10]WALTZ, Kenneth Neal: Teoría de la política internacional, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1988, p. 33

LOS INVADIDOS SE CONVIERTEN EN CONQUISTADORES (Parte V)

El final de una dinastía

Catalina II (1762-1796) fue la gran continuadora de la obra imperial de Pedro I, la princesa alemana  se esforzó por dejar de ser extranjera e impregnarse del carácter ruso. Trató de impulsar la creación de instrucción pública y la reforma de la administración para fomentar la creación de un poder local y provincial. Ella misma redacto una legislación, el Nakaz”que empeoraba aún más las condiciones de  servidumbre de los rusos construirá la Universidad de Moscú y bajo su reinado irrumpe el periodismo en el imperio permitiéndose incluso la crítica social.Catalina impulsó el teatro y la música rusa, los literatos protegidos de Catalina serán Derjavine y Karamazin[1] y la creación más importante de ese tiempo fue la lengua literaria rusa. Catalina escribe con  Enciclopedistas de la talla de Diderot y potenciará la cultura del país.

Catalina II

Catalina II

En esta época Rusia dejará de ser un destino exótico y poco conocido para Europa, la emperatriz trató de que las ideas Europeas del XVIII penetrasen en el Imperio. Las influencias europeas en Rusia provenían de Francia en el ala cultural y Alemania en el terreno político.

Rusia compartía ya la dinámica de Europa, pero Catalina no quiso comprometer a su ejército en los asuntos del viejo continente, sin embargo apostaba por el entendimiento con el Imperio de Austria-Hungría y Prusia. Estas tres potencias se repartirán Polonia en 1772. Desde territorio polaco y a través del Tratado de Kuchuck Kainardji firmado en 1774 conseguirá establecer un punto estratégico en el Mar Negro. Crimea les será arrebatada a los otomanos en 1784, y estos emprenderán una guerra para recuperar sus territorios, Catalina saldrá victoriosa, y fundará Odessa.La emperatriz desarrollo la idea del “proyecto griego” retomando la idea de cruzada contra Constantinopla y la construcción del “Sacro Imperio greco-eslavo”, la ideología paneslavista tendrá su origen aquí.

Los zares del  siglo XIX fueron: Pablo I, Alejandro I, Nicolás I, Alejandro II, Alejandro III y NicolásII.
Alejandro I llevó a cabo la campaña contra la invasión de Napoleón al cual derrota, esta victoria  lo había situado como referente de la resistencia del Antiguo Régimen y lo catapulto a la gloria de Europa. Participó en la Santa Alianza mediante un tratado con Austria y Prusia, para tratar de recuperar a Europa del fervor revolucionario de los jacobinos. Tras el Congreso de Viena en 1815 anexionaría parte de Polonia, Besarabia y Finlandia. Este zar integró la totalidad de Georgia al  Imperio ruso en 1810.

Alejandro II tuvo que hacer frente a la guerra de Crimea, -la primera que se contó en los periódicos de la época- frente a la alianza entre franceses, otomanos e ingleses y al surgimiento del terrorismo nihilista contra el zarismo. Abolió la Servidumbre y el día que iba a promulgar un decreto para la creación de una constitución lo asesinaron los grupos terroristas, acto gracias al cual la revolución tuvo su oportunidad.

Nicolás II  fue el último zar, su derrota en la guerra contra Japón por el control de Manchuria fue un duro golpe psicológico para toda la nación,  la intervención en la I Guerra Mundial supuso un alto coste al pueblo ruso que ya ha había sufrido el golpe devastador del Domingo Sangriento en la Revolución de 1905.Con él yace la Tercera Rusia, el útimo sobernado de todas las Rusias no sobrevivirá para ver la cuarta.

El último Zar de todas las Rusias, Nicolás II

El último Zar de todas las Rusias, Nicolás II

La política exterior de los zares del XIX fue expansionista y también defensiva frente a las coaliciones occidentales que intentaron  frenar el avance del Imperio Ruso, quizás en este momento surge el temor en los estados occidentales a una invasión rusa en Europa.

Los zares que reinaron en el siglo XIX consiguieron grandes anexiones territoriales y fueron continuadores de la lógica expansiva de sus predecesores: llegaron al continente americano a través del estrecho de Bering y colonizaron Alaska, que posteriormente sería vendida a los Estados Unidos de América. El desencadenamiento de las guerras del siglo XIX permitieron que Rusia estuviera presente en los cinco continentes durante mayor o menor tiempo: Por Arthur (China, 1898-1905), Fort Ross (California 1812-1848), Kuai (Hawaii 1818-1819) Catarro (Montenegro, desde 1806 hasta el Tratado de Tilsit en 1807 cuando Nicolás I y Napoléon Bonaparte daban por acabada la guerra entre Rusia y Francia), en 1889 una pequeña expedición rusa llegaría a Somalia, posteriormente se retiraría.

El imperio ruso llegó a abarcar el actual territorio de Rusia y Ucrania. Bielorrusia, una parte del Polonia, Besarabia en Moldavia, la región del Cáucaso, Finlandia, la mayoría de Asia central y una parte de Turquía.

El Ancien Régime se mantenía en el país y aunque la modernización estaba en ciernes, nunca se cumpliría pues en 1917 tal y como redactó el magnífico periodista John Reed en su crónica sobre la Revolución bolchevique, Rusia estremeció al mundo. Otra revolución ha llegado y Vladimir Ilich Ulianov Lenin se pone a la cabeza de los Sóviets, se acaba la Rusia de San Petesburgo y Moscú recupera su trono, la cuarta Rusia es la primera de los rusos y rompe de nuevo con el período anterior en la política interna, aunque sus relaciones exteriores seguirán ciertas líneas de período zarista en su doble orientación hacia oriente y occidente.

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[1] Víd.: WEIDLÉ, Wladimir: Rusia Ausente y Presente. Emecé Editores, S.A, Buenos Aires 1950, p. 62

LOS INVADIDOS SE CONVIERTEN EN CONQUISTADORES (Parte IV)

Los Romanov

Tras treinta años de anarquía que habían causado la miseria y una grave crisis económica, llegaría una nueva dinastía al trono de Rusia. Miguel Romanov[1] fue elegido para gobernar los designios de Rusia el 21 de julio de 1613. Moscovia se había convertido ya en un inmenso imperio multiétnico pero durante la “Smuta”  se habían destruido todas las estructuras comerciales y agrarias.

MIGUEL ROMANOV

MIGUEL ROMANOV

Entre 1620 y 1740 la expansión terrestre más dinámica de Europa fue obra del Imperio Ruso. En el transcurso de 100 años el dominio de los Romanov sobre el territorio pasaría de 5 millones de quilómetros cuadrados a 15. La ampliación territorial fue llevada a cabo por los comerciantes rusos mediante la construcción de una débil red que posteriormente se reforzaría. En 1600 ya había rusos más allá de los Urales.

La vanguardia encabezada por los mercaderes controlará las rutas fluviales del Yeniséi en 1620; en el transcurso de esa misma década alcanzaron el Lena y en torno a 1639 arribaron al mar de Ojotsk y al Pacífico. Las otras expediciones comerciales descubrirán el lago Baikal y el rio Amur conectando a los rusos con la China recién conquistada por los machús[2]. La anexión de Siberia se tornaba más lenta, las colonizaciones campesinas retardaban el proceso debido al bajo nivel demográfico que registraba ese territorio. La amenaza polaco-lituana persistía y para hacerle frente era necesario el control del oeste de Ucrania (= “tierra de frontera” en ruso, en la lengua ucraniana significa “Patria”) que gracias al Tratado de Pereslavl de 1654 se haría efectivo y Ucrania ya no podría ser absorbida por los polacos. La otra preocupación de los zares sería el imperialismo sueco. La política exterior histórica de Rusia se fundamentó básicamente en dos preceptos; mantener el control sobre sus fronteras y continuar la ampliación del imperio.

Durante la consolidación de esta gigante empresa colonial el zarato acometió importantes  reformas internas a partir de 1650. Los Romanov supieron aprovechar el miedo a la anarquía y a la invasión, consolidaron su poder en detrimento de la Iglesia ortodoxa aboliendo el patriarcado ortodoxo y el Zemski Sobor prácticamente no tenía función. Estas reformas concluyeron en el cisma de los “viejos creyentes” entre el pope Nikon, partidario de la reforma religiosa, y el acripreste Avakum que abogaba por el mantenimiento de las tradiciones[3]. La prohibición de la práctica religiosa que defendía Avankum se mantendrá hasta el siglo XX.

Pedro I

Pedro el Grande llegó al poder en 1682 y revolucionó Rusia de tal manera que parece anticipar el pasaje que viviría el país a partir de 1917. El cambio de capital materializaría la muerte de la Rusia de Moscosvia, a la que odiaba; Pedro ordenaría la construcción de una nueva capital que se edificó bajo la sangre de los más de 30.000 obreros que perecieron en su construcción.

Pedro I

                               PEDRO I

La tercera Rusia iniciaba su andadura desde San Petesburgo. Este cambio refleja la audacia del monarca, el traslado de la capital al borde del Neva orientaba a Rusia hacia los mares. Pedro pensaba que el vasto territorio ruso ofrecería al Imperio la posibilidad de mantener dos flotas para ejercer el poder marítimo que tanto ansiaba la mayor potencia continental por excelencia[4].

Pedro concluiría la obra imperial de Iván IV, y llevaría a los rusos a una modernización forzada. El zar impuso bajo el terror y la coacción el ideal al que su pueblo debía aspirar: ser menos rusos y más europeos. Obligaría a sus súbditos a suprimir los vestigios que los identificaban con sus raíces e incluso los ridiculizaría, implantó la moda alemana, prohibió las barbas tradicionales e importó la cultura europea. Pedro abrió el camino para que una élite más moderna y joven se infiltrase en los resortes de poder, lo que supondría un “adelanto” cultural, político y social.

El zar reformó sus fuerzas armadas ,occidentalizando el ejército a través de una tabla de rangos, consolidando así el poder en la figura del soberano ruso. Para asegurar la fidelidad de la nobleza, les cedió parte de las tierras conquistadas.

El déspota diseñaría la nueva Rusia mediante una revolución desde arriba. Se hizo otorgar el título de latino de Imperator y sus ideas políticas con respecto al imperio eran de origen romano. Rechazó el nombre de su padre, y mandó atormentar a su hijo el zarevich Aleksei hasta que falleció, al considerarlo traidor de Estado por mantener la fidelidad en su fe ancestral.

En política exterior no realizó ninguna innovación, enfatizó los progresos en las direcciones tradicionales de sus predecesores: al este, al sur y al oeste. Su obsesión con Europa lo llevará a participar en el desarrollo de los acontecimientos que vinculaban a las grandes potencias occidentales.

Sus logros principales fueron: conseguir la salida al Mar Báltico y acabar con la amenaza sueca. En 1709 venció a la resistencia ucraniana del este e infligió una dura derrota a Carlos XII de Suecia en la batalla de Poltava. En 1712 termina la guerra con Suecia, el ejército de Pedro I entra en Alemania y llega a las tierras de Dinamarca, al no conseguir el apoyo de Francia en sus aspiraciones danesas, cederá ante las presiones del rey Jorge I de Inglaterra. La importancia de este movimiento hacia occidente radica en que Pedro rompió el equilibrio de Westfalia.

Las conquistas del Imperator en la frontera occidental de Rusia permitieron al zar triplicar sus ingresos gracias a la incorporación de Estonia y Ucrania, además triplicó su capacidad productiva.[5]

Las campañas de Pedro se desarrollaron por también en Oriente; en 1715 envía un destacamento a la región del Caspio, y diseña un protectorado sobre Georgia y Armenia. En 1723 se apodera de Bakú y fija su interés, aunque no lo consigue, en el Turquestán, más allá del Cáucaso.

[1] Los Romanov no eran eslavos puros, sus raíces provenían de los borusos y pertenecían a la familia de los letones y lituanos, contaban además con una gran influencia germánica cuando se produjo la mezcla de sangre con los rusos. Se unieron al soberano de Moscovia cuando aún pertenecían a la clase de los boyardos. Víd.: DE REYNOLD, Gonzague: El Mundo ruso, la formación de Europa, Emecé Editores S.A, Buenos Aires 1951, pp.171-172

[2]Víd.: DARWING, Jonh:El sueño del imperio, auge y caída de las potencias globales 1400-2000, Santillana Ediciones Generales, S.A., Madrid, 2012, pp 144-145.

[3] Víd.: WEIWÉ, Wladimir: Rusia Ausente y Presente. Emecé Editores, S.A, Buenos Aires 1950 p. 60

[4] GALLOIS, Pierre: Geopolítica, los caminos del poder, Servicio de Publicaciones del EME, Madrid, 1992, p. 449

[5] Un ejemplo del aumento de la riqueza del imperio gracias a estas anexiones era el nivel de los impuestos. La carga impositiva en 1710 suponía el 64 por ciento de la cosecha de grano, lo cual ofrece una medida de aproximada del producto nacional y también las duras condiciones en las que sobrevivía el pueblo ruso. Víd:  DARWING, John: op.cit., p. 148

LOS INVADIDOS SE CONVIERTEN EN CONQUISTADORES (Parte II)

El comienzo de la Rusia Antigua

Los orígenes políticos de Rusia resultan complejos de situar, la clave del problema está en el estudio de los asentamientos urbanos más antiguos cuyas fases primigenias son muy poco conocidas por las fuentes históricas. Las tribus que se repartían el territorio del futuro estado ruso eran: eslovenos, polianos, drevlianos, dregoviches, viatiches, severianos y radimiches, entre otras. En el siglo IX comienzan a desarrollarse numerosas metrópolis, siendo las ciudades más importantes; Novgorod, Pereiaslalv, Chernigov, Smolesk, Palotsk, Vladimir y Kiev[1], a estas sociedades urbanas se unirán los varegos, un pueblo proveniente de Escandinavia. En el año 839 el príncipe varego Riúrik iniciará la unión de estas ciudades proyectando su influencia desde Novgorod, en el Norte, hacia Kiev.

La Crónica de Néstor o Narración de los tiempos pasados es una referencia esencial sobre la configuración de la antigua Rusia en una entidad proto-estatal, aunque su análisis sobre el origen del estado ruso no está exento de discusiones, debido a su carácter mítico y a sus fines políticos[2]. Escrita en el siglo XII, cita a dos personajes principales, que gobernaron conjuntamente Kiev, Askold y Dir. Ellos serían quienes que iniciaron la tendencia expansionista rusa con el intento de invasión a Constantinopla en el 860.

En el año 882 Oleg, el hijo de Rúirik, reemplazó el gobierno conjunto instaurando la dinastía Rúrikovich y constituyendo así el primer proyecto de unión rusa. Los príncipes de Kiev delegaron la regencia de las ciudades más importantes (Pereiaslalv, Palotsk, Vladimir…) a los miembros de su familia, quedando Kiev y Novgorod bajo su autoridad. Cada uno de los territorios contaría con su séquito castrense, druina, y su vietche o consejo. La druina se transformaría posteriormente en la particular nobleza rusa, los boyardos[3]. Debe mencionarse la importancia de Nóvgorod, cuya base económica era el comercio y por este motivo sería el núcleo mediante el cual la primera Rusia incipiente se relacionaría con Europa[4].

El estado kieviano fue el primer estado eslavo del Medievo, su inestabilidad se debió una política territorial imprudente y a su estructura descentralizada. Antes de estar afianzado comenzó las incursiones hacia Irán septentrional desde el año 910, y repitió la experiencia de Constantinopla intentado hacer efectiva una segunda invasión contra Bizancio.

La verdadera consolidación de Rusia tendrá lugar a partir de dos hechos; en el año 980 la ciudad de Vladimir sometió a Polotsk[5] dando lugar a la adopción de un nombre nacional, Rus, ocho años más tarde el príncipe Vladimir I el Grande, en pleno apogeo de la Rus-Kiev, decidió la conversión de su pueblo al cristianismo ortodoxo de Constantinopla. Esta decisión marcará un desarrollo histórico al margen de Occidente.

En la Crónica de Néstor se refleja el carácter pacífico de la política exterior de Vladimir I, con los rasgos propios de una “utopía cristiana”[6]. El príncipe mantenía relaciones pacíficas con sus vecinos polacos, húngaros o  bohemios. La anarquía interior tiene que ver con el misticismo de su interpretación religiosa y el temor a la comisión de pecados, de ahí su tibia autoridad en el plano interno de Rus. En este caso la mística de Vladimir I es el reflejo del carácter que el pueblo posee.

La Cruzadas cambiaron las rutas comerciales del Dniéper, así llegó el declive de la Rus-Kiev, que al final del siglo XII empezó a dividirse en varios territorios independientes cuyas autoridades auspiciadas por la nobleza boyarda se negarán a seguir pagando tributo a Kiev. La rivalidad entre la autoridad de Kiev y otros estados rusos como los de Smolenks y Novgorod, fue aprovechada por la Horda de oro de Batu Kan[7] que terminaría invadiendo Rusia y la excluirían del Renacimiento que surgía en Occidente. Solo quedarían Kiev y Novgorod como regiones independientes aunque vasallas del kanato de la Horda de Oro con capital en Sarai.

La invasión mongol fraguó en las comunidades eslavas ortodoxas “un sentido de comunidad, una energía y una finalidad decisivos a la hora de liberarse el yugo tártaro (los tártaros eran musulmanes suníes de habla turca, cuya numerosa presencia en las huestes mongoles ha hecho que su nombre sea intercambiable con el de los mongoles) y hacer acopio de grandes extensiones de territorio en los últimos siglos”[8]. Durante el período de dominación mongol el carácter de los rusos desarrolló una “mayor tolerancia frente a la tiranía y fueron mortificados con un temor paranoico a la invasión de sus fronteras[9]. El pueblo ruso quedaría impregnado de la barbarie mongol, Karl Marx sintetizó la desgracia nacional que significó para Rusia los más doscientos años de domino de los tártaros: “Moscovia, de la que Rusia no es más que una metamorfosis, nació del barro sangriento de la esclavitud mongol y no de la gloria ruda de la época normanda. El yugo tártaro pesó sobre Rusia durante más de dos siglos; un yugo que no sólo fue opresor sino también deshonroso, y que quejó marcada el alma del pueblo…”[10].

A la invasión de oriente hay que añadir la cruzada de la Orden Teutónica de Lituania (la Rusia Blanca), en 1242, que trató de conquistar en Norte de Rusia a través de Europa Central, en este caso el mítico Alexadr Nevski de Novgorod[11] mediante una alianza con los mongoles logró frenar a los caballeros teutones y defender sus dominios, recibiría el título de “príncipe de todas las Rusias” de mano de Satak, nieto de Batu Kan convertido al cristianismo nestoriano. Alexardr Nevski fue la referencia que transformó el norte de Rusia en el núcleo de la identidad nacional[12].

La caída de Rus-Kiev trasladó el núcleo de pueblo ruso a Moscovia, una población situada al norte, rodeada de ríos caudalosos y bosques espesos; otro destino de los emigrados fue Suzdalia, que mantuvo vínculos más sólidos con la idiosincrasia de Kiev. Andrés, hijo del primer príncipe de Suzdalia, sería el precedente de los próximos soberanos rusos: “de él descienden los zares de Moscú; y con él aparece, en la historia rusa, un nuevo tipo de príncipe…Es un soberano político, ambicioso, de humor inquieto e imperioso, que va a su objetivo sin piedad ni escrúpulos[13]. Estas ubicaciones eran más adecuadas para repeler los posibles ataques de mongoles y tártaros. A pesar de la invasión, los soberanos de Moscovia mantuvieron sus lazos con el Imperio Bizantino, conservando con esta vinculación una clara vocación occidental.

[1]MUSSET, Lucien: Las Invasiones, el segundo asalto contra la Europa Cristiana, Editorial Labor S.A., Barcelona, 1982, p.50

[2]HITA JIMÉNEZ, José Antonio: “Sobre los orígenes de Rusia y la crónica de Néstor” en: Estudios de Historia Medieval, nº 18, 2001

[3]Los boyardos son un tipo de nobleza particular, no comparten las características de la nobleza europea, no serán fieles a los monarcas y buscarán sus propios intereses sin pensar en la necesidad de la unidad nacional. GARCÍA MARTÍN, Pedro: De Moscovia a Rusia, LEER-E, 2006, p. 45.

[4] DE REYNOLD, Gonzague: op.cit., p 108

[5]Víd.: MUSSET, Lucien: op.cit., p.52

[6]CHIZHEVSKY, Dmitri: Historia de Espíritu Ruso, La Santa Rusia, vol.I Alianza Editorial, Madrid, 1967, p. 44.

[7]Los estados rusos de la taiga o zona boscosa se convirtieron en vasallos del kanato de la Horda de Oro uno de los cuatro sucesores del Imperio Mundial de Gengis Kan en 1259”. DARWIN, John: El sueño del imperio, auge y caída de las potencias globales 1400-2000, Santillana Ediciones Generales, S.A., Madrid, 2012. p 89

[8] KAPLAN, Robert: La venganza de la geografía, cómo los mapas condicionan el destino de las naciones, RBA Libros S.A., Barcelona, 2013, p. 208

[9]MARCH, Patrick G.: Eastern Destiny: Russia in Asia and the North Pacific, Praeger, United States, 1996, p.14

[10] Karl Marx citado en: POLIAKOV, León: De Gengis Kan a Lenin, Muchnik Editores, Barcelona, 1987, p. 21

[11]Alexandr Nevksi  ya había derrotado con anterioridad  la invasión del ejército sueco (1240) cuando la Orden Teutónica trató de conquistar Rusia. Alexadr Nevski  es todo un símbolo nacional de Rusia, ha sido canonizado por la iglesia ortodoxa en 1547. Víd.: RUÍZ GONZÁLEZ, Francisco J.: “Las claves de la política exterior y de seguridad de la Federación Rusa: “Oportunidades para España” en: Instituto Español de Estudios Estratégicos, Diciembre de 2010, p.7.

[12]FERNÁNDEZ RIQUELME, Sergio: “Rusia como Imperio. Análisis histórico y doctrinal” en: La Razón Histórica, nº 25, 2014, p. 130.

[13]  Patrick Rimbaud citado en: DE REYNOLD, Gonzague: op.cit., p.116