Política Exterior

Hybris Imperial: la derrota del intervencionismo occidental en el espacio postsoviético

Si la “historia del mundo desde el fin de la guerra mundial hasta fines de la década de los ochenta fue en buena medida, aunque no exclusivamente, la historia de las respuestas del sistema internacional a la revolución soviética”[1] ¿Cuál puede ser ahora el motivo de Occidente para desafiar a Rusia en la proximidad de sus fronteras?

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Washington y Bruselas aúnan sus directrices políticas para lograr un repliegue de la influencia de Moscú en su “vecindad próxima” y evitar su fortalecimiento dentro del panorama internacional. La superación del modelo unipolar estadounidense que tanto Rusia como China están patrocinando, puede ser la causa que motive la hostilidad hacia el gobierno que preside Vladimir Putin.

Desde el Kremlin se entiende que un modelo multipolar es el mejor mecanismo para frenar el proceso de globalización occidental[2], y para conseguir una posición preeminente dentro de su área de influencia, su extranjero cercano: el espacio ex-soviético. Entendida en toda su amplitud, esta apuesta de transformación del orden internacional pasa necesariamente por el desplazamiento del dólar como divisa de referencia mundial.

Independientemente de la fuerte determinación de Moscú a la hora de continuar con su programa, hay una serie de condicionantes geoestratégicos necesarios para que este se materialice: Rusia necesita a Ucrania en su órbita para asegurar su supervivencia como potencia. Sin Ucrania, el Kremlin no podría proyectar su poder de manera efectiva en sus fronteras occidentales, y Minsk, otro pilar geopolítico fundamental podría escaparse de su influencia. Además, Ucrania es el punto de conexión de la infraestructura rusa en entre el Oeste y el Este en lo que respecta a ductos, carreteras y vías férreas[3]. En definitiva si Rusia no cuenta con parte de Ucrania no se podrá alcanzar el modelo multipolar.

Un plan arriesgado

El apoyo inmediato y contundente de Estados Unidos y la Unión Europea a los atrincherados en la Plaza de la Independencia de Kiev fue decisivo para acabar con la presidencia de  Víktor Yanukóvich, el anterior presidente ucraniano,  y frenar las aspiraciones de Rusia mediante las sanciones económicas. Como era de esperar, la reacción a la injerencia occidental se dejó sentir en el este del país y  comenzó una guerra de secesión cuando los rusos étnicos no reconocieron al nuevo gobierno de la Rada Suprema.

Tras una intervención estatal todos los sectores relacionados reaccionan. La reintegración de Crimea en la Federación Rusa, a la que siguieron iguales acuerdos con las regiones separatistas de Georgia, Osetia del Sur y Abjazia, fue la segunda consecuencia de esta intervención. Estos acuerdos ponen de relieve una transformación en la perspectiva que Rusia tenía acerca del derecho de autodeterminación: del rechazo frontal mostrado ante esta fórmula en Kósovo e incluso frente a aquellos territorios que pedían una reintegración en la Federación Rusa, como la República del Tradniestr, la propia Osetia del Sur y Sebastopol, las dinámicas intervencionistas occidentales han propiciado un cambio histórico en la visión que el Kremlin tiene sobre esta norma del Derecho Internacional.

La nueva interpretación del derecho de autodeterminación tiene una importancia transcendental en el caso de Rusia. El mayor país del mundo alberga a más de 176 grupos étnicos, y lógicamente existen numerosas tendencias centrífugas en el interior de la Federación, Chechenia es el caso más conocido, pero algunas regiones rusas como el Tartastán, Udmurtia, Yakutia, Komi, Karelia, Bahskiria o Osetia del Norte también llegaron a declarar su soberanía pocos meses después de la desintegración de la URSS.

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El camino emprendido por Putin cuando firmó el acuerdo con Crimea tiene una doble implicación: el presidente ruso deberá lidiar con los movimientos de autodeterminación internos, pero también puede ser una buena estrategia a la hora de retener parte de su influencia en el extranjero cercano y así truncar el intervencionismo occidental que ya ha fracasado parcialmente en Ucrania.

Más de 20 millones de rusos  viven en países de la órbita ex-soviética. A parte de la gran comunidad de rusos en Ucrania, Kazajstán, un punto geopolíticamente importante por su posición y grandes recursos, alberga a la segunda colectividad de rusos en un país extranjero. Las actuales relaciones entre Astaná y Moscú atraviesan una crisis importante tras el rechazo frontal del gobierno kazajo a la iniciativa rusa de crear una moneda única para la Unión Económica Euroasiática, es una de las primeras veces que Kazajstán  no secunda los planes de Rusia.

Si los aliados occidentales deciden continuar con la política intervencionista, la situación en este de Ucrania puede reproducirse en otros puntos de la frontera rusa en Asia Central y  desestabilizar esta región. A pesar de tales riesgos, Washington parece continuar con su ofensiva enviando emisarios a Armenia, Kirguistán y Uzbekistán para comprobar la fidelidad de sus líderes a Moscú y calibrar si estos territorios necesitan también sus “Revoluciones de Colores”. La apuesta estadounidense sube de nivel al implicar directamente a China, el país de los kirguises (donde Estados Unidos y Rusia tienen bases militares) hace frontera con la región musulmana de China, habitada por la etnia uigur con abiertas tendencias separatistas

La compleja herencia soviética

La planificación total era la fortaleza y el talón de Aquiles de la URSS. Más allá de los asuntos económicos, una de las primeras preocupaciones de Lenin fue la cuestión de las nacionalidades, un asunto de capital importancia teniendo en cuenta la diversidad étnica que integraba el Imperio Zarista. A pesar de todos los esfuerzos del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), su política de planificación de las nacionalidades fue aún más desastrosa que sus planes quinquenales.

La nomenklatura trató de crear una nueva idiosincrasia: la soviética. En su afán igualitarista quiso contrarrestar las tendencias secesionistas mediante las deportaciones (sobre todo en la época estalinista) y los cambios de fronteras internas. En 94 ocasiones[4] trasformaron la división interior de la Federación Soviética, aunque la mayoría de los cambios solo se reflejaron sobre el papel.  Cuando los líderes soviéticos firmaron el Acuerdo de Helsinki en 1975, mediante el cual se obligaba a los estados parte a respetar la integridad territorial y las fronteras, no imaginaban que pocos años después la URSS ya no existiría.

Como consecuencia de este Tratado, las divisiones del papel se transformaron en fronteras reales y más de 25 millones de rusos quedaron fuera del territorio ruso prácticamente de la noche a la mañana, conformando la mayor minoría étnica de Europa. El trato que estas minorías recibieron en sus nuevos estados no fue siempre el adecuado, Letonia y Estonia con sus leyes de ciudadanía son dos ejemplos de ello. Ante esta situación la  Constitución de la Federación Rusa prevé,  en el artículo 61.2,  que Rusia debe garantizar la defensa y el patrocinio de sus ciudadanos fuera de su territorio.

El “internacionalismo democrático” y la planificación de la política exterior

Si la antigua URSS apelaba al “internacionalismo proletario” para auxiliar a los Partidos Comunistas de otros países e intervenir indirectamente en sus asuntos internos, los gobiernos occidentales recurren a la democracia para posicionar a sus peones en el tablero geopolítico.

Ucrania  y  Libia son dos casos paradigmáticos de esta nueva modalidad de intervencionismo en nombre de la democracia. Ya no es preciso desplegar unidades militares para cambiar a un gobierno que no ceda ante las exigencias occidentales; las actividades de determinadas ONGs o Think Tanks (NED, USAID entre otras), la polarización social, la guerra propagandística y la diplomacia de las sanciones económicas pueden jugar un papel igual de decisivo que los ejércitos y los drones.

Sería interesante saber cuál puede ser el beneficio de estas acciones para los ciudadanos de los Estados Unidos y la Unión Europa, pues parece que las cuestiones de “seguridad global” y el “interés estatal” sólo son escusas tras las que se esconden jugosos beneficios para el lobbistas del estado. El intervencionismo estatal que genera cambios arbitrarios de gobiernos, conflictos armados y millares de muertos, está financiado por las sociedades “libres” y democráticas a través de los impuestos estatales.

La política exterior es un monopolio más del estado, en este caso, sobre la proyección externa de los pueblos del mundo. Desde la administración estatal se determinan una serie objetivos asociados con los “intereses superiores de la nación”, eufemismo con el que se trata “de enmascarar intereses infinitamente menos nobles, y en todo caso particulares[5]. Una vez que la meta está fijada llega el turno de planificar y ejecutar las acciones concretas.

Los problemas que se producen en la economía tras una intervención política se reflejan también en este ámbito de la acción humana. Los encargados de elaborar la política exterior están igual de incapacitados que sus homólogos economistas, para prever los efectos que cierta intrusión puede desencadenar en la totalidad de los sectores relacionados. Tampoco pueden controlar la variable temporal, es decir, las consecuencias futuras de una injerencia. Los desequilibrios que provocan las políticas intervencionistas en la economía: inflación, descontrol de precios y crisis económicas, se traducen en inestabilidades regionales, acciones terroristas y conflictos armados cuando se aplica la lógica austríaca a las relaciones internacionales actuales.

Aunque muchas de estas consecuencias sean deliberadamente buscadas, otras pueden ser contraproducentes para el estado que realiza la injerencia, y sobre todo para la población, que es la que siempre termina pagando los desmanes de los gobiernos.

El denominado blowback no es más que una repuesta inesperada a cierta intervención; el ejemplo más claro de este fenómeno fue el atentado contra las Torres Gemelas. Cuando el gobierno de Estados Unidos financió y apoyó  a los combatientes muyahidines para frenar la invasión soviética en Afganistán, era incapaz de pronosticar que este grupo sería el origen de Al Qaeda, la organización terrorista que derribó los dos edificios más emblemáticos del World Trade Center. Está claro que Occidente no aprende de su Historia más reciente, tratar de desestabilizar a Rusia y su zona de influencia conlleva el peligro de crear un problema real de seguridad global.

Puede que sea la experiencia de la Guerra Fría la responsable de  la visión triunfalista y la  fatal arrogancia con la que Occidente ataca a Moscú, pero los políticos occidentales no deben olvidar que Rusia no perdió la Guerra Fría, fue el Partido Comunista de la Unión Soviética el que sufrió la derrota.

[1] Halliday, Fred: Las relaciones internacionales en un mundo en transformación, Los libros de la Cátara, Madrid, 2002, p. 170.

[2] Makarichey, Andrey: “Rusia en un mundo multipolar: El papel de las indentidades y los mapas cognitivos” en: Revista CIDOB d´Afers Internacionals, nº96, 2011, pp.25-43.

Disponible en: http://www.cidob.org/es/content/download/30225/359332/file/25-44_ANDREY+MAKARYCHEY.pdf

[4] Ruíz González, Franciso J.: “Conflictos en el espacio postsoviético: situación actual y posible evolución” en: Boletín de Información nº319, CESEDEN, 2011, p.8.

[5] Duroselle, Jean-Baptiste; Renouvin, Pierre: Introducción a la Historia de las Relaciones Internacionales, S.L. Fondo de Cultura Económica Española, Madrid, 2000, p.357.

Artículo original en  Mises Hispano (miseshispano.org)

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LA POLÍTICA EXTERIOR DE LA URSS, UNA APROXIMACIÓN TEÓRICA

Contrariamente a lo que Lenin pensaba, la Unión Soviética pudo mantener el comunismo sin que la revolución mundial se alcanzase. La internacionalista teoría Lenin se evaporó y  la actuación soviética se concretó a  nivel microinternacional, es decir, con su política exterior. La deriva de los acontecimientos, sin embargo, la harían protagonista de los sucesos macrointernacionales que estuvieron a punto de acabar con la humanidad

Analizar la materialización de la proyección internacional de la URSS requiere necesariamente una aproximación a la concepción de política exterior, que no es obvia y exige un cierto grado de precisión.Es un error muy común identificar la política exterior de un Estado con la política exterior que desarrolla su gobierno[1] o presentarla dentro de un marco teórico desvinculado de la política interna. Calduch, define la política exterior “como aquella parte de la política general formada por el conjunto de decisiones y actuaciones mediante las cuales se definen los objetivos y se utilizan los medios de un Estado para generar, modificar o suspender sus relaciones con otros actores de la sociedad internacional”[2]

De esta definición se desprende que la política exterior incluye a todos los órganos estatales y sociales que tienen un protagonismo significativo en las relaciones que vinculan al Estado con otros actores estatales,  pero solo los estados pueden desarrollarla a través de sus gobiernos, debido a su capacidad jurídica, admitida por la sociedad intencional, y su capacidad política autónoma.

La definición de los objetivos de la política exterior se resuelve mediante un proceso decisorio[3], el procedimiento de toma de decisiones cuenta con cuatro fases: la informativa, la fase de evaluación (determinación de objetivos y medios), la fase de identificación o búsqueda de alternativas y la fase de selección de una opción. En la aplicación práctica se da un solapamiento de estas etapas.

Lógicamente en cada una de estas fases participarán diversos organismos de la realidad nacional, como los servicios de inteligencia, en el caso ruso el famoso KGB (Comité para la Seguridad del Estado / Комит́ет госуд́арственной безоп́асности ) los medios de comunicación, las ONGs… etc.

El interés nacional

La determinación de los objetivos de la política exterior se asocia con el interés nacional del estado, este concepto se identificó históricamente con el interés dinástico y tras la revolución de 1789 con la raison d´etat[4].

Admitir que existe un objetivo general para todos los individuos que componen una sociedad  es una premisa que está muy alejada del a realidad; además el interés que unos individuos determinan como nacional  no tiene por qué coincidir, y de hecho no suele hacerlo, con el interés de los gobernados.

Duroselle manifiesta que el interés nacional no es más que el interés de una determinada clase: “Vemos vivir a nuestro alrededor sociedades humanas infinitamente complejas y diversificadas, divididas no solamente en “clases”, sino también en “grupos de intereses”; y comprobamos continuamente que las aspiraciones de estas clases y de estos grupos son muchas veces contradictorias.(…) Es tal la contradicción entre los intereses de los grupos y de los individuos, dentro de un mismo Estado, que cuesta admitir la idea de un interés nacional objetivo. No son, salvo casos excepcionales, ¿los “intereses superiores del Estado”, invocados con tanta frecuencia, un simple medio de enmascarar intereses infinitamente menos nobles y, en todo caso, particulares?[5]

Un ejemplo de este interés grupal frente al interés de los individuos de la sociedad, se puede observar en numerosas decisiones de la nomenklatura soviética con respecto a la Cuba de Castro:

Mikoyan y Fidel Castro

Mikoyan y Fidel Castro

Las negociaciones de la retirada de los misiles de la isla caribeña se hicieron sin contar con la presencia de Fidel, convirtiendo a Cuba en un aliado complicado para la URSS. Mikoyan, un alto diplomático del PCUS aliado de Jrushchov, había acordado la compra de cinco millones de toneladas de azúcar cubano en 1960 al año, la cual se prolongaría durante el quinquenio siguiente, además de un crédito de 100 millones de dólares en concepto de ayuda. Pero en 1963 Fidel abandonó su plan de autarquía económica e hizo de la agricultura la base del desarrollo económico durante el resto de la década, concediendo al azúcar la mayor prioridad.

La nomemklatura, entonces, se vio obligada a sostener la economía de Cuba, importando mayores cantidades de azúcar;  el azúcar cubano tenía un precio superior al del mercado internacional. Se estima que hacia 1973 la Unión Soviética destinaba al gobierno de Fidel Castro 1.500.000 dólares diarios; la devolución de la deuda no se llegaría a concretar hasta  el siglo XXI[6]

Es poco probable que a un moscovita de la época le interesase la procedencia del azúcar, o  mantener, a ese precio, la alianza con Cuba. Quizás ni siquiera le interesase prolongar la Guerra Fría con EEUU, ni amparar al sistema burocrático que se sostenía con su trabajo y su dinero.

En cambio para los líderes soviéticos era de vital importancia geopolítica la alianza cubana para mantener presión sobre el gobierno de EEUU y legitimarse como líderes del bloque comunista. El problema de esta disparidad de intereses era que quien mantenía el sistema, el pueblo de Rusia, no tenía la capacidad para decidir qué era lo que se debía hacer con su esfuerzo productivo. Evidentemente esta situación se puede extrapolar a los estados democráticos occidentales.

Anatomía de la proyección exterior soviética

La política exterior la desarrollan personas concretas, el gobierno de cualquier estado está compuesto por individuos particulares que lógicamente buscan sus propios intereses, siendo el principal de ellos la permanencia en el poder y el control de la nación: esto no sólo pasaba en la URSS.

Los elementos “psicológicos (expectativas, ideología, sentimientos; etc,) de los agentes decisores ejercen una influencia en la percepción de la realidad internacional y en la adopción de la decisiones de política exterior. Esta es la base del modelo imagen-situación”[7].

La ideología y el régimen nacional que nace de ella son una influencia incuestionable en el comportamiento exterior de los actores estatales y sobre todo en la fase de ejecución de la política exterior. Kissinger ha establecido tres modelos básicos de ejecución en función de la organización político administrativa: el modelo ideológico representado por la URSS y la República Popular de China, el modelo revolucionario carismático materializado en los estados nacidos del proceso de descolonización  y el modelo burocrático pragmático de EEUU[8]

El modelo ideológico que, según Kissinger, seguía la URSS -en su administración- tiene vital importancia en su proyección exterior. Como ya había dispuesto Lenin: “para mayor seguridad de la  dirección del trabajo  colectivo, era precisa la subordinación de la voluntad de miles de hombres a la de uno solo” mediante este modelo todas las decisiones en política exterior serían tomados por un solo hombre, el Secretario General del Partido.

Stalin, el que fuera designado por Lenin, Comisario de las nacionalidades, optó por un modelo autonomista (como el que siguió la federación zarista[9]). Koba[10] consideraba que la concesión de autonomías era un trámite administrativo para conseguir el unitarismo socialista,[11] fundamentado en el papel mesiánico de Rusia.  El georgiano entendía que la incorporación de otras repúblicas al bloque comunista  era un símbolo de progreso. Las repúblicas, como por ejemplo las del Cáucaso, a las que Lenin había prometido la autodeterminación antes de la Revolución de Octubre, quedarían integradas de facto en la Federación Soviética.

En resumen, la política exterior debido a la configuración del estado soviético quedaría en manos del Secretario General del partido, donde se impondrá el modelo imagen-situación.  La actuación de la URSS fuera de sus fronteras fue elaborada, a través del modelo ideológico, por un minúsculo grupo de dirigentes que en última instancia acatarían las decisiones finales del líder. Esta situación se dio sobre todo con Stalin y Jushchov que acapararon el poder casi absoluto.

El vínculo fundamental entre la política interior y la exterior queda determinado por la función de adaptar el estado a su contexto externo y  acomodar las condiciones exógenas que inciden en el interior del sistema estatal.

REFERENCIAS

[1]CALDUCH, Rafael: “La política exterior de los estados,” en CALDUCH, Rafael: Dinámica de la Sociedad Internacional, cap. I, Editorial Ceura, Madrid,1993, p.1

[2]Ibíd. p. 3

[3] Renouvin y Duroselle afirman que: “Entre las múltiples actividades del político responsable, la más alta, la que justifica sus funciones, la que colma sus ambiciones, es la decisiónVíd: DUROSELLE, Jean-Baptiste; RENOUVIN, Pierre: op.cit. p. 465

[4] SONDERMANN, Fred “The Concept of the National Interest” en: SONDERMANN, Fred y OLSON, William (eds):The Theory and Pactice of International Relations, Prentice Hall ,New Jersey 1966, p.86

[5] DUROSELLE, Jean-Baptiste; RENOUVIN, Pierre: op.cit. p. 357

[6] EDMONDS, Robin: Política exterior soviética (1962-1973), Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1977, p. 107.

[7] Víd: CALDUCH, Rafael: “La política exterior de los estados…”, op.cit. p. 7

[8] Víd:KISSINGER, Henry: La política exterior americana,  Plaza y Janés, Barcelona 1976, pp. 30-46.

[9] LEWIN, Moshe: El siglo soviético, Crítica S.A., Barcelona, 2006, p. 34

[10] Koba fue uno de los apodos que utilizó Stalin cuando desempeñaba su labor de revolucionario clandestino en el preludio de la Revolución de Octubre. Koba el temible es uno de los libros más clarificadores acerca del terror y el hambre que se desataron en Rusia con Lenin y que prosiguió de manera exagerada bajo el gobierno del terrible georgiano. Víd: AMIS, Martin: Koba el temible, la risa y los veinte millones, Anagrama, Barcelona, 2006

[11] LEWIN, Moshe:op.cit. p.34

EL “PADRECITO” DE LOS TURKMENOS

Saparmurat Atayévich Niyazov se convirtió en el Secretario General del Partido Comunista de Turkmenistán en 1985 y tras la independencia del país ostentó el cargo presidente hasta su muerte en 2006. Niyazov era un personaje curioso y excéntrico, el culto a la personalidad era una obligación de todos los turkmenos y resultaba imposible escapar a su imagen. El antiguo presidente de Turkmenistán  “obsequió” a su pueblo con una guía espiritual para toda la nación, el Ruhnama. Para poder obtener el grado en una universidad o incluso para sacar la licencia de conducción, los turcomanos debían recitar – sí señores, recitar – los versos del Ruhnama de memoria.” Nicolas Righetti, un fotógrafo suizo, realizó un trabajo excepcional sobre este político poco conocido en Occidente. Righetti consiguió el World Press en 2007 gracias a la foto de un retrato de Niyazov en el baño de un restaurante. 2006049JL Gurbangulí Berdimujamédov es el nuevo presidente y no dista mucho de su antecesor  en los temas de imagen. Además se atreve hasta con la música, ¡el playback es perfecto! ¡También es DJ! Habría que preguntarle a los turkmenos y turkmenas cual es su opinión al respecto de estas manifestaciones musicales  y sobre la situación de la  política en su país. *Para saber un poquito más recomiendo: http://blogdebanderas.com/2012/05/16/del-nacionalismo-excentrico-y-otras-cuestiones-espaciales/

LA PROYECCIÓN EXTERIOR DE LA FEDERACIÓN RUSA, LOS FUNDAMENTOS

La etapa inicial de la actual Federación Rusa  fue un período caótico, hubo cambios muy significativos en la organización estatal que dificultaron la concreción de un programa de acción exterior. Se ampliaron los contactos internacionales tras las apertura del país y tuvo lugar un aumento de la actividad  internacional de las administraciones regionales rusas. Necesitaban mantener su vínculo con aquellos territorios que ahora eran el extranjero.

Desde el Kremlim se llevó a cabo la desarticulización del aparato de propaganda soviético destinado a elaborar la imagen de la URSS fuera de sus fronteras; el país debía renacer y los nuevos tiempos exigían instituciones nuevas y también nuevos métodos para relacionarse con el mundo.

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En plena discusión sobre el camino que debería tomar el estado ruso en sus relaciones internacionales, surgen distintas corrientes políticas, en ellas se refleja en eterno debate de Rusia, entre Occidente y Oriente. Había que decidir cual debería ser el papel de Rusia en el nuevo sistema unipolar.

Las principales concepciones sobre la política exterior rusa son[1]:

Atlantista u Occidentalista: Este grupo afirma que Rusia es Europea; los atlantistas entienden que su páis debe tomar la vía de la integración hacia la economía mundial y  la comunidad de estados democráticos. Rusia debe ser europeizada para superar el atraso político, social y económico. El objetivo en política exterior debe ser articular una buena relación con Occidente, la incorporación a los principales organismo internacionales, y la consolidación de un entendimiento con Europa que le permita cooperar mutuamente.

Neoeruasiática: Su premisa es que Rusia no es ni Occidental ni Oriental, sino un puente entre ambos, invoca la visión mesiánica del país como el equilibrador entre las civilizaciones. Sostienen que el encuentro entre Europa y Eurasia es fundamental para el porvenir de la humanidad, la posición geopolítica de Rusia tiene mucho ver en este aspecto. La desintegración de la URSS ha traído consigo una crisis en la civilización euroasiática. La dirección de Rusia en política exterior debe dirigirse hacia Oriente. En Asia y el Pacífico está la solución, pues solo así podrá recuperarse y volver al status de gran potencia; aceptan la práctica de la cooperación con Occidente.

Nacionalismo ruso: Se oponen al atlantismo, son antioccidentales, manifiestan que tras la finalización de la Guerra Fría la única superpotencia que queda en pie son los Estados Unidos, este hecho influye de manera negativa en las relaciones internacionales. Rusia no debe integrarse en la economía  mundial y tiene que centrar su política exterior en el Tercer Mundo. Las aspiraciones que propugnan los atlantistas son calificadas por este grupo como una catástrofe nacional. Proclaman que Europa siempre fue enemiga de Rusia y que ahora trata de destruirla con las armas modernas: la democracia y los derechos humanos.

Realismo ruso: Es una concepción heterogénea,  donde hay elementos occidentalistas y  componentes geopolíticos que se muestran en la corriente del neoeurasianismo. Sostiene que Rusia debe adaptarse a la situación internacional que se está desarrollando de manera pragmática y realista. Los realistas apuestan por una política “flexible y equilibrada entre los centros de fuerza y la activa reestructuración de las relaciones que convengan a Rusia”[2]

[1]Víd: LAZÉBNIKOVA, Olga: “La política exterior de Rusia ante Occidente” en: Cuardernos del Este, nº 15, 1995, pp. 101-110

[2]Ibíd. p. 106

EL FIN DE LA UNIÓN SOVIÉTICA (Parte I)

“No temáis la grandeza” William Shakespeare.

La Federación Rusa aparece en la historia y sin apenas tiempo para asentarse tuvo que lidiar con una situación radicamente diferente a la que había conocido desde la II Guerra Mundial. La transición evidentemente no sería un asunto fácil, había que transformar todo el sistema administrativo, adecuarlo a la nueva realidad geográfica de Rusia[1] y también encontrar una nueva identidad nacional dado que el sovietismo era ya pasado. La cultura democrática no era el plato fuerte de los dirigentes del nuevo país.

La transformación económica del estado era la empresa más urgente, el sistema económico de planificación central heredado de la etapa anterior se mostraba ineficiente, no podía garantizar el crecimiento económico, ni estimular el sector productivo.  La política exterior sería la gran descuidada durante este período.[2]

Cuando la administración Yeltsin tomó las riendas del país, se pusieron en marcha toda una serie de reformas para revitalizar la economía, en el verano de 1990, curiosamente antes dela caída de la URSS, el G-7 encargó un informe que determinase las directrices que las autoridades rusas debían seguir para la adaptación del modelo socialista a una economía de mercado. Los autores teóricos de las reformas fueron: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), y el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo.

La propuesta resultante fue una copia del diseñado para la mayoría de los países latinoamericanos y del Tercer Mundo, aunque Rusia tenía  unas condiciones económicas y sociales muy diferentes a las de estos estados se terminó aplicando.[3] La materialización de estas medidas se conoció en Rusia como las reformas de Gaidar, fueron aprobadas por Yeltsin, y la opinión pública tuvo conocimiento de ellas cuando ya estaban en vigor.

Los resultados fueron nefastos, la inflación subió, los precios se dispararon, la producción disminuyó el 40%, la mortalidad aumentó un 16%, y la natalidad, uno de los grandes problemas de Rusia, descendió en un 16%, aumentaron las manifestaciones de ideologías extremas como el nacionalismo; el crimen organizado y la delincuencia brotaron y se expandieron.[4]

En definitiva, la crisis económica trajo una pérdida del potencial de Rusia, la humillación nacional y  un fuerte sentimiento antioccidental en un momento clave para la sociedad rusa, pues estaba comenzado a configurar su idiosincrasia; en el período correspondiente a 1989-1999 los análisis sociológicos rebelan que el pueblo ruso muestra “un impresionante auge de la mentalidad imperial y militarista y una pérdida de posiciones de los portadores de la mentalidad liberal[5]. El reparto de las propiedades del Estado fue una oportunidad de oro para un grupo reducido de individuos que vieron como sus fortunas se acrecentaban y fundaron una nueva clase muy influyente dentro de Rusia, la oligarquía, que tantos titulares otorgará a la prensa internacional tras la llegada de  Vladimir Putin, que la combatirá energicamente.

La nueva constitución aprobada el 12 de diciembre de 1993 se basa fundamentalmente en el poder ejecutivo presidencial y como consecuencia de ello el Presidente ostenta una gran acumulación de poder, la Duma queda relegada a un papel secundario.

La concepción de ciudadano ruso es un apartado muy significativo en la Constitución del país; la rápida e inesperada desintegración de la URSS dejó a miles de comunidades rusas fuera del territorio Federal de la noche a la mañana literalmente, de tal manera que la constitución de la Federación concede su ciudadanía todos los individuos rusos que se encuentren fuera de sus fronteras; en su artículo 62 establece que El ciudadano de la Federación Rusa puede tener ciudadanía de otro Estado (doble ciudadanía) conforme a la ley federal o al tratado internacional de la Federación Rusa”, y en el artículo anterior, 61.2 pone de manifiesto que “La Federación Rusa garantiza a sus ciudadanos la defensa y el patrocinio fuera de su territorio”[6]. El texto también indica que la política exterior será determinada por el presidente de la Federación.

La Federación Rusa heredó el status y los derechos de la Unión Soviética cuando la comunidad internacional reconoció a Rusia como el único sucesor de la URSS. Rusia continúa siendo miembro de Consejo de Seguridad de la ONU, participa  en la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, ha heredado todas las obligaciones de los Tratados ratificados por la URSS así como sus deudas, y mantiene relaciones diplomáticas con 178 países y sus embajadas están presentes en 140 Estados.

REFERENCIAS

[1]El nuevo estado ruso pasó de una superficie de 22.440.200 km2  a 17.075.400 km2. La configuración de las nuevas fronteras de la Federación Rusa supusieron la pérdida del 24% de territorio, a pesar de ello Rusia sigue siendo el país más grande de la Tierra. SERRA, Francesc: Rusia, la otra potencia, Fundació CIBOD, Barcelona, 2005, p.59

[2]PRUDNIKOV ROMEIKO, Valentina: “¿Continuidad o cambios en la política exterior de Rusia?” en: Revista de Relaciones Internacionales de la UNAM, nº 103, enero abril 2009, pp. 79-102

[3]ARBATOV, Georgi: “¿Una nueva guerra fría?”, en: Cuadernos del Este, nº 15, 1995, p.88 pp-87-93.

[4]Ibíd.

[5]SEDOV, Leónid: “De Lenin a Pedro I y  de Einstein a Napoleón” en : EL País, 8 de agosto de 1999

[6] Es tanta la importancia que desde el actual gobierno de Rusia se otorga a su concepto de ciudadanía que se inició un proyecto de ley, por parte del Servicio Federal Migratorio de Rusia y los departamentos involucrados, para simplificar los trámites a la hora de adquirir la ciudadanía del país. Víd: KORUTÚN, Lada: “Habrá menos barreras para recibir la ciudadanía rusa” en: La voz de Rusia,  21 de mayo de 2013.

El MARXISMO DE LENIN Y SU PROYECCIÓN EXTERIOR

“El Estado es el arma de represión de una clase sobre otra” Lenin

El agotado sistema zarista dio su último coletazo durante el Domingo Sangriento (el 22 de enero de 1905).  Cuando el padre Gapón organizó a los obreros  de San Petersburgo frente al Palacio de Invierno del Zar Nicolás II para solicitar reformas democráticas la repuesta del soberano se concretó en balas para los manifestantes.

La pérdida de Guerra contra Japón,  la influencia de las  ideas de la intelligenzia,  la falta de legitimidad del poder del Zar, y  la situación que el pueblo ruso había soportado durante toda su historia, fueron los factores determinantes  para la llegada de la Cuarta Rusia, la  Rusia de los rusos. El régimen soviético terminó siendo una analogía, salvando las distancias, del sistema zarista;  pues como relata Gonzague de Reynold: “una minoría que se ha adueñado de Rusia para organizarla según su plan (…) pero con la diferencia de que los nuevos conquistadores ya no son de origen extranjero; provienen de pueblos sometidos por el régimen precedente. Ellos empezaron por incitar a esos pueblos a la rebelión; ahora, los dominan, los oprimen, pero son ellos”[1]

Cada una de las Rusias anteriores se fundamentó  en una doctrina concreta de absolutismo; la Rusia de Moscú se fundamenta sobre la teología bizantina y la autocracia zarista , la de San Petesburgo sobre la filosofía, las luces y el despotismo ilustrado y la de los Soviets se asienta sobre el materialismo histórico y la dictadura del proletariado[2]; se da un refuerzo manifestado por la historia mediante el cual el mismo tipo de régimen pervive revestido con adecuaciones a la época, mientras el pueblo lo sufre y paga el alto precio de la revolución.

La Revolución se asentó en la visión que Vladimir Ilich Ulianov Lenin extrajo de la teoría marxista[3]. “Los revolucionarios encontraron en la teoría marxista una radicalización altamente conveniente para sus propios deseos instintivos. Les aportaba una justificación pseudocientífica a su impaciencia, a su negativa categórica a que existiera cualquier valor en el sistema zarista, a su anhelo de poder y de venganza y a su inclinación a tomar atajos en busca de este.[4]

Lenin disfrazado de obrero

Lenin disfrazado de obrero

Lenin creó una organización revolucionaria, el partido de nuevo tipo, sobre el que sustentaría el peso de la revolución, esta organización o  Partido debía inculcar a las masas proletarias “la conciencia socialista”; invirtiendo así la doctrina marxista de la autoemancipación del proletariado, y decantándose por la visión de Kautsky[5];  según la lógica del marxismo una revolución no se puede planear, se hace.[6]

La nueva élite rusa diseñó su propio modelo estatal mediante el cual se aseguraba el poder  y se aferraba a la ideología comunista como justificación. Plejanov sentenciaba  que  un partido marxista en Rusia  “no concederá libertades a nadie excepto a nosotros, solo la clase obrera gozaría de esas libertades y bajo la dirección de camaradas que han entendido bien la teoría de Marx y que deducen de ellas las conclusiones exactas[7]. Lenin concibió el socialismo como un asunto de  una élite dirigente, fundamentándose en la dictadura del proletariado, aunque exigió “que para mayor seguridad de la  dirección del trabajo  colectivo, era precisa la subordinación de la voluntad de miles de hombres a la de uno solo”[8]  de esta manera Lenin volvió a derribar la teoría marxista de autoliberación espontánea del proletariado.

Rusia vivirá bajo el mando de una nueva élite revestida de libertadora del pueblo, valiéndose de él para desatar la anarquía y aniquilar a la tercera Rusia. Lenin preparó el camino para que  el georgiano Josef V. Dzhugashvili Stalin gobernase lo designios del país. La ideología comunista rusa se convirtió en la religión obligada del pueblo, ahora bajo el mando de una nueva clase política.

De nuevo aparece la contradicción en Rusia, la marcha hacia el imperio se afianza y el desorden interno se vuelve casi insoportable, concretamente en los años treinta,  cuando las purgas de Stalin y su obsesión con la modernización forzada desgastaron aún más al pueblo.

Cuando el Partido de Lenin tomó el poder en 1917 no existía un programa concreto sobre la política exterior, los bolcheviques estaban convencidos de que la revolución mundial era inevitable debido a la fase imperialista en la que se encontraba en sistema capitalista. O por lo menos ese era el pronóstico de Lenin.

Lenin en la Plaza Roja el 1º de Mayo de 1919

Lenin en la Plaza Roja el 1º de Mayo de 1919

Vladimir Ilich adoptó la teoría de la “coexistencia pacífica” y  Rusia se convirtió en la guía para que los demás partidos comunistas iniciarán la Revolución en sus respectivos países. El estado soviético intentaría asegurar su supervivencia como principal objetivo de su política exterior y tuvo una actitud pacifista frente a otros estados, la urgencia de la revolución mundial pasó a un segundo plano. Esta tendencia se vio reforzada con un “conservadurismo que sobreviene naturalmente en todos los movimientos políticos después de que se ha adquirido y retenido el poder por un período determinado, por el cual el interés  de mantenerse en el poder del propio Estado-nación comienza a primar sobre la idea inicial de la revolución mundial[9].

El Partido Bolchevique siempre se opuso a la entrada de Rusia en la Primera Guerra Mundial, el Comité Central decidió, cuando estuvo en el poder, acordar la paz con Alemania mediante el famoso Tratado de Brest-Litovks en 1918, lo que supuso grandes pérdidas territoriales para Rusia y el aislamiento de la Comunidad Internacional. “Lenin y los bolcheviques comenzaron su reinado no solo como un partido pacífico, si no virtualmente como un partido que defendía la paz a cualquier precio”[10] La guerra civil y la destrucción de las estructuras productivas del país obligaron a Lenin a implantar de nuevo un pseudocapitalismo: Nueva Política Económica (NEP) para poder sostener el estado.El comunismo de guerra, fue nefasto para la estructura productiva del país, de nuevo el pueblo se sacrificaba en pro de la élite que quería gobernarlos.

Polonia atacó Rusia en 1919 durante su guerra civil, Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania declararon su independencia nacional; a partir de este momento la política exterior de la URSS se vincularía a la recuperación de sus fronteras anteriores antes de la Primera Guerra Mundial.

La política externa de esta primera etapa, igual que la de los zares, trataba de abarcar sus fronteras occidentales pero también las orientales. Los comunistas rusos impulsaron en 1920 el Congreso de los Pueblos de Oriente que sirvió para vincular a los bolcheviques con los movimientos de liberación de las colonias asiáticas. Uno de los organizadores del Congreso, Zioviev, sentenciaba: “la verdadera revolución estallara solamente cuando los ochocientos millones de asiáticos se unan a nosotros (…) debemos emprender una verdadera guerra santa contra los capitalistas británicos y franceses”[11] El calado de estas ideas tuvo un gran éxito en las zonas controladas por el imperio británico y permitió a la Unión Soviética mantener un comercio fluido con Turquía o Irán.[12]

La prematura muerte de Lenin dejó un vacío de poder en el Partido y condenó a Trotski al exilio y la muerte, la Secretaría General  fue ocupada tras diversas pugnas internas por Stalin; este sería junto a Churchill y Roosevelt el arquitecto de la Europa de bloques.

El camino hacia la revolución duro casi un siglo, en el gran siglo ruso se encuentran los orígenes de la Cuarta Rusia.

REFERENCIAS

[1]DE REYNOLD, Gonzague:El Mundo ruso, la formación de Europa, Emecé Editores S.A, Buenos Aires 1951,p. 379.

[2] Ibíd. p. 391.

[3] El marxismo ruso surgió fundamentalmente en Europa Central,  una comunidad  de emigrados rusos fundó en Ginebra la llamada asociación Emancipación del Trabajo, este primer grupo marxista apareció en 1883, el año de la muerte de Karl Marx. Guerguei V. Plejanov formó parte de él y fue una delas principales influencias de Lenin. Víd: RUBIEL, Maximilien: Stalin, Ediciones Folio S.A., Barcelona, 2004, p. 20.

[4] KENNAN, George F.: “Las fuentes de la conducta soviética” en: KENNAN, George F.: Las fuentes de la conducta soviética  y otros escritos, Grupo Editorial Latinoamericano, Buenos Aires, 1991 pp.129

[5] Íbid. p. 25

[6] Víd.:ULAM, Adam B.: Los bolcheviques, Ediciones Grijalbo S.A., Barcelona-Mexico D.F., 1969, p.152

[7] RUBIEL, Maximilen: op.cit. p.19

[8] Ibíd. p.14

[9]ROTHBARD, Murray: Hacia una nueva  libertad, Grito Sagrado, 2005, Buenos Aires, p.328

[10]Ibíd. p.329

[11]DE LA GUARDIA, Martín: “La revolución soviética y su impacto internacional. La URSS (1917-1929)” en: PEREIRA, Juan Carlos (coord.): Historia de las Relaciones Internacionales Contemporáneas, cap. 13, Ariel, Barcelona, 2009, p. 310.

[12]Ibíd.