Rothbard

CON EL ESTADO HEMOS TOPADO


¿Qué es el Estado? ¿Dónde está? ¿De qué se alimenta? ¿A quién o a qué sirve? ¿Cuál es el porqué de su existencia? ¿Cuál es su fin último?

Puede parecer un cuestionario puramente retórico, pero lo cierto es que existen múltiples respuestas y para todos los gustos. La opción óptima para el Gobierno (cualquiera que sea) es que nunca lleguen a formularse tales preguntas, y que mucho menos terminen respondiéndose con axiomas contrarios a la doctrina oficial (o propaganda oficial); evitando así que cualquier mente inquieta y consciente del chantaje emocional al que está sujeta llegue a la única conclusión lógica: el estado es un disparate.

El propio estado ha encargado que se escriban colosales bibliotecas sobre su carácter irreemplazable, ha contado a lo largo de su historia con grandes intelectuales que vendieron su alma al diablo, perdón, al estado, para ensalzarlo a través de enrevesadas teorías. El estado a través de sus profetas divinos que son los Gobiernos, trató de crear la idea de que solo la minúscula vanguardia del pueblo era digna de entender tales hipótesis, el otro 98% tenía una tarea más sencilla, acatarlas.

Pero nada más alejado de la realidad, todos los seres humanos, independientemente de nuestra condición intelectual, comprendemos o somos capaces de sentir lo que es la coacción, el sometimiento, la opresión, la subordinación, el vasallaje. Pues bien, esto es el Estado. El estado es la policía que agrede a quien no cumpla la ley (justa o no), el estado son los impuestos que asfixian al pueblo, el estado es la corrupción, es el robo, es la propaganda del miedo, el estado es la guerra, el estado es poder. Hitler fue Estado y Stalin también, Franco era Estado, Obama es Estado, Lagarde es Estado, Merkel es Estado, todos los Bancos Centrales, que distorsionan nuestra economía y tirotean nuestra libertad, son Estado. Y aun así es particularmente curioso como tenemos más pavor a la libertad que al poder.

El amor al Estado, y sobre todo el respeto, se nos inculca desde la cuna; se identifica al Estado con un ente que podría compararse a los dioses; un ente que nos protege de nosotros mismos, que alimenta a la mente y al cuerpo, que es justicia y verdad absoluta, que es omnipresente y omnipotente, que iguala a los desiguales, que reparte la riqueza (o miseria). Una estructura gracias a la cual podemos vivir y desarrollarnos, que es protectora de la paz y de la masa de mujeres y hombres que nos hallaríamos perdidos sin su dirección férrea y tenaz: es nuestro padre divino en la tierra. Como Dios, el estado está en todos nosotros y todos somos estado (aunque unos son más estado que otros).

El ESTADO es, al fin, una fórmula inventada por algunos individuos (que lógicamente no son los que mejores intenciones tiene hacia sus semejantes) para someter al resto de la humanidad. La sumisión o coacción que practica se volvió refinada e incluso artística gracias al embrujo de la propaganda y a la experiencia de la historia; así las grandes masas que lo sostienen llegan a creer que habitan en la quimera de la libertad, y en cierta manera pueden creerlo, pero sin dejar de mantener el régimen de esclavitud que les fue impuesto.

ESTADO, GOBIERNO Y PROPAGANDA, la santísima trinidad de la servidumbre para la mayoría y del privilegio para unos cuantos; he aquí la clave de todo: la propaganda oficial. Las formas de transmitirla son muy diversas y se expanden a casi todos los ámbitos de la vida, pero la forma de propaganda más cruel y detestable es la Educación pública y también privada, pues ambas están controladas por el poder estatal. La propaganda es lícita siempre que se anuncie que es tal cosa, así la “educación formal” debería denominarse “adoctrinamiento formal”. Puede parecer hiperbólica tal comparación, pero desgraciadamente no creo que lo sea; tantos años bajo la titánica carga del Estado han hecho de nosotros cobayas felices en un hábitat estatal del cual tenemos miedo de salir.

El Gobierno adoctrina y decide impunemente qué o a quién se debe estudiar: todos conocen a Keynes, pocos conoce a Mises, todos han oído hablar hasta la saciedad de Lenin, pocos han reflexionado sobre su propia condición en la páginas de Hayek. Tampoco Rothbard goza del reconocimiento que sus pensamientos y teorías se merecerían, sin duda están desvaloradas. Pero recordemos que aquí, en estos tiempos modernos, el valor no lo marca la libertad de elección en el mercado de la ideas, sino que está monopolizado por nuestro querido Gobierno.

El siglo XX es uno de los pasajes más recientes donde se reveló la verdadera personalidad del Estado, mas se presentó bajo unos modales toscos y poco apropiados para tener una continuidad temporal; hubo parecido que este mal Estado finalizó con la destrucción del continente anciano; pero el experimento no terminó aquí si no que se refinó para continuar su legado en la tierra. La brutalidad y la dureza se tornaron en poética y en (neo)lenguaje más amable y correcto, en palabras tergiversadas que afirman lo contrario de lo que enuncian, para finalmente continuar haciendo de las suyas (intervenciones extranjeras en conflictos internos por ejemplo); pareciese que el manual político de estos tiempos fuese 1984.

Esta reflexión debe terminar respondiendo de manera libre y bajo la perspectiva del libertarianismo a las cuestiones iniciales. Todo este alegato en contra del Gobierno y el Estado también es propaganda, por su puesto, todo acto de comunicación es un acto de persuasión, de propaganda. Pero estamos ante la propaganda de la libertad, la propaganda que combate para que cada individuo pueda hacer los alegatos propagandísticos que considere. Este mensaje trata de pelear por una nueva circunstancia donde cada ser humano en cualquier porción de tierra de este planeta sea libre para pensar, para producir, para creer y para evolucionar según su propia consideración.

Se puede concluir afirmando que el Estado es un grupo de personas que ostenta un poder de coacción sobre la mayoría de las sociedades. El Estado no está en ningún lugar, el Estado no es más que un esquema mental impuesto por decenios de propaganda, y del que solo notamos la represión cuando nos obliga a pagar impuestos o cuando pone trabas al libre desarrollo de la actividad económica. El estado se alimenta del trabajo de los sujetos, de su producción, de su dinero en definitiva; es condición indispensable para el alimento del Estado que se ejerza el robo “legal”. El Estado se sirve a sí mismo, es decir, está constituido por un mafia que forma un gobierno y trabaja para sí misma y por sus propios intereses, los cuales, no tienen por qué coincidir y de hecho no coinciden con los de la mayoría. Su existencia se debe a que una “panda de ladrones” se adueñó del poder que los ciudadanos le otorgaron en pro de la DEMOCRACIA y a través del famoso contrato social, que yo nunca he firmado, creo. Su fin último es el primero, la existencia y el acaparamiento del poder para desarrollar la coacción.

Este humilde discurso trata de activar el gen libertario, propio de nuestra condición humana, que es preciso para poder trazar el camino hacia la libertad; esa misma que un día los dioses nos concedieron y poco después nuestros propios semejantes nos arrebataron.

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